Un regalo T24
Un regalo. T24
Todo quedó en expectativa. Fue tanto el suspenso por saber del regalo que alguna vez le había anunciado, que aún no estaba definido si era una sorpresa de reencuentro y reconciliación o el final de sus relaciones. Las dudas le acechaban a él de tal forma que sentía escalofrío. La ansiedad por saber en qué terminaría todo no le daba tregua.
Desde el mes anterior estaba esperando su cumpleaños. Los días los había puesto en cuenta regresiva; en el almanaque los iba tachando uno tras otro. Le invadía la impresión del trascurso del tiempo y caminando sintió el gotear de la lluvia hasta que se convertían en tempestad. La calle se inundaba y caminar ya no era posible sin empaparse su ropa y su alma. Sabía que la lluvia le anunciaba la tristeza de una concluyente despedida, y que cuando amainara podía ser, por el contrario, la reiniciación de algo que habían dado por concluido. Eran varios los años de convivencia. Se trataba del adiós, quizá mediante un regalo que para esta ocasión podría ser el último. Lo entregaría como el símbolo de su relación o finalmente desistiría en entregárselo, no lo sabía. Todo dependería de cómo fueran a transcurrir las relaciones y circunstancias.
En medio de la expectativa, el cumpleaños se aproximaba y aún no había decidido qué le iría a dar. Previamente se habían visto, pero ella no le daba señales por ningún lado de qué sería lo que quería o si recibiría un perfume exclusivo como el que le había dado cuando decidieron compartir la intimidad, un vestido deslumbrante ceñido al cuerpo y con encajes sensuales similar al de la fiesta de su matrimonio, o una joya envuelta en una actitud que rememoraba el afecto entrañable que se profesaron.
Quiso consultarle cuáles eran sus preferencias actuales, pero no daba señales. Su propósito era el de poder darle lo que estuviera a su entero gusto y que fuera asertivo. —Al fin de cuentas, se trataba de entregar un presente que se convirtiera en un recuerdo inolvidable o, como se había anunciado, no regalarle nada que tuviera implicaciones afectivas, dijo ella.
Entretanto, reflexionaba sobre ese paso fugaz e inexorable de los años. Le parecía que había cumplido quince años hace poco y ahora estaba próxima a los cuarenta. Miraba las fotos ya añejadas y los rostros que reflejaban las edades en sus tiempos, entre la alegría de vivir y la de la sobria madurez que puede dar el transcurso de la experiencia durante los años.
Recordaba especialmente cómo se conocieron en la biblioteca, cuando coincidieron con el mismo libro y él decidió abordarla para preguntarle cuál era su interés en esa lectura. No podían explicarse por qué tenía que suceder la desgracia. Los ladrones habían robado los enseres y violaron continuamente a la hija del protagonista, cuando en su parecer se habría podido evitar. — La desgracia los acompañaría de vez en cuando, en situaciones de contrariedad irreparable, dijo ella.
Los cumpleaños le habían servido para reflexionar sobre el transcurso del tiempo. Los años de sus primeros aprendizajes, sus juegos de iniciación, las sensaciones que empezaba a vivir, las nuevas amistades y los primeros y los recientes amores. Se entrecruzaban las sensaciones, entre alegrías y tristezas, con sueños y pesadillas durante todos los días y algunas noches de desvelo.
Veía cómo sus vestidos de colegiala habían quedado en el abandono, y ahora sus trajes de ejecutiva parecían hacerle saber que ya no había vuelta atrás.
Una que otra leve huella en su rostro le anticipaba lo que irían a ser sus arrugas. El cabello que antes no le merecía mayor cuidado ahora era motivo de muchas visitas a la peluquería. La imagen juvenil poco a poco se le iba desvaneciendo. Los seres queridos que eran su apoyo ahora eran objeto de sus cuidados, lejos de los paseos y actividades de diversión de ese entonces.
Recordaron igualmente, la vez que estuvieron en el crucero, cuando cada quien decidió estar por su lado y, al terminar el viaje, no supieron qué habría sido la vida del otro. Fue así que comprendieron que no tendría sentido ofrecer y recibir un regalo; no sabrían cómo hacerlo e interpretarlo de buena manera, si tuviera sentido. Los regalos no eran la expresión de una actitud de un gran afecto, por demás prácticamente ya olvidado. Él finalmente decidió marcharse y desistir de entregárselo para no volver a encontrarse con ella y no posibilitar otra reconciliación fallida. Prefería quedar con su presencia vuelta sombra, la que estaría especialmente cuando le apareciera la nostalgia o cuando en alguna desgracia estuviera como una aparición espectral acompañándolo.
Con los años, yendo por una calle húmeda, recordó cómo lo invadieron las sombras y pensó que seguramente era su presencia. A lo lejos, bordeando el filo de las montañas, las nubes se iban disipando y aparecieron los rayos del sol radiantes. Entendió entonces que la vida seguía su marcha hasta llegar al completo olvido de lo que seremos. Ella había fallecido y él quedó apenas presintiéndolo. El regalo había quedado entre la penumbra de un rincón de su casa, deteriorándose en su abandono y disolviendo los vestigios de su nostalgia.
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Todo quedó en expectativa. Fue tanto el suspenso por saber del regalo que alguna vez le había anunciado, que aún no estaba definido si era una sorpresa de reencuentro y reconciliación o el final de sus relaciones. Las dudas le acechaban a él de tal forma que sentía escalofrío. La ansiedad por saber en qué terminaría todo no le daba tregua.
Desde el mes anterior estaba esperando su cumpleaños. Los días los había puesto en cuenta regresiva; en el almanaque los iba tachando uno tras otro. Le invadía la impresión del trascurso del tiempo y caminando sintió el gotear de la lluvia hasta que se convertían en tempestad. La calle se inundaba y caminar ya no era posible sin empaparse su ropa y su alma. Sabía que la lluvia le anunciaba la tristeza de una concluyente despedida, y que cuando amainara podía ser, por el contrario, la reiniciación de algo que habían dado por concluido. Eran varios los años de convivencia. Se trataba del adiós, quizá mediante un regalo que para esta ocasión podría ser el último. Lo entregaría como el símbolo de su relación o finalmente desistiría en entregárselo, no lo sabía. Todo dependería de cómo fueran a transcurrir las relaciones y circunstancias.
En medio de la expectativa, el cumpleaños se aproximaba y aún no había decidido qué le iría a dar. Previamente se habían visto, pero ella no le daba señales por ningún lado de qué sería lo que quería o si recibiría un perfume exclusivo como el que le había dado cuando decidieron compartir la intimidad, un vestido deslumbrante ceñido al cuerpo y con encajes sensuales similar al de la fiesta de su matrimonio, o una joya envuelta en una actitud que rememoraba el afecto entrañable que se profesaron.
Quiso consultarle cuáles eran sus preferencias actuales, pero no daba señales. Su propósito era el de poder darle lo que estuviera a su entero gusto y que fuera asertivo. —Al fin de cuentas, se trataba de entregar un presente que se convirtiera en un recuerdo inolvidable o, como se había anunciado, no regalarle nada que tuviera implicaciones afectivas, dijo ella.
Entretanto, reflexionaba sobre ese paso fugaz e inexorable de los años. Le parecía que había cumplido quince años hace poco y ahora estaba próxima a los cuarenta. Miraba las fotos ya añejadas y los rostros que reflejaban las edades en sus tiempos, entre la alegría de vivir y la de la sobria madurez que puede dar el transcurso de la experiencia durante los años.
Recordaba especialmente cómo se conocieron en la biblioteca, cuando coincidieron con el mismo libro y él decidió abordarla para preguntarle cuál era su interés en esa lectura. No podían explicarse por qué tenía que suceder la desgracia. Los ladrones habían robado los enseres y violaron continuamente a la hija del protagonista, cuando en su parecer se habría podido evitar. — La desgracia los acompañaría de vez en cuando, en situaciones de contrariedad irreparable, dijo ella.
Los cumpleaños le habían servido para reflexionar sobre el transcurso del tiempo. Los años de sus primeros aprendizajes, sus juegos de iniciación, las sensaciones que empezaba a vivir, las nuevas amistades y los primeros y los recientes amores. Se entrecruzaban las sensaciones, entre alegrías y tristezas, con sueños y pesadillas durante todos los días y algunas noches de desvelo.
Veía cómo sus vestidos de colegiala habían quedado en el abandono, y ahora sus trajes de ejecutiva parecían hacerle saber que ya no había vuelta atrás.
Una que otra leve huella en su rostro le anticipaba lo que irían a ser sus arrugas. El cabello que antes no le merecía mayor cuidado ahora era motivo de muchas visitas a la peluquería. La imagen juvenil poco a poco se le iba desvaneciendo. Los seres queridos que eran su apoyo ahora eran objeto de sus cuidados, lejos de los paseos y actividades de diversión de ese entonces.
Recordaron igualmente, la vez que estuvieron en el crucero, cuando cada quien decidió estar por su lado y, al terminar el viaje, no supieron qué habría sido la vida del otro. Fue así que comprendieron que no tendría sentido ofrecer y recibir un regalo; no sabrían cómo hacerlo e interpretarlo de buena manera, si tuviera sentido. Los regalos no eran la expresión de una actitud de un gran afecto, por demás prácticamente ya olvidado. Él finalmente decidió marcharse y desistir de entregárselo para no volver a encontrarse con ella y no posibilitar otra reconciliación fallida. Prefería quedar con su presencia vuelta sombra, la que estaría especialmente cuando le apareciera la nostalgia o cuando en alguna desgracia estuviera como una aparición espectral acompañándolo.
Con los años, yendo por una calle húmeda, recordó cómo lo invadieron las sombras y pensó que seguramente era su presencia. A lo lejos, bordeando el filo de las montañas, las nubes se iban disipando y aparecieron los rayos del sol radiantes. Entendió entonces que la vida seguía su marcha hasta llegar al completo olvido de lo que seremos. Ella había fallecido y él quedó apenas presintiéndolo. El regalo había quedado entre la penumbra de un rincón de su casa, deteriorándose en su abandono y disolviendo los vestigios de su nostalgia.
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