Poseído T25


   Desde la última vez en que Maio le invadió su ser, fueron muchas las noches en que sintió que él se había quedado definitivamente  en sus sueños más profundos y su imaginario. En su alcoba sentía de seguido pasos extraños, un revolotear del viento helado y unas voces salidas de las esquinas donde se cruzaban las paredes. En los ventanales se sentía el ruido de la calle a altas horas de la madrugada. Temía despertarse,  seguir invadido, y sin que pudiera remediarlo. Era una sensación que lo acompañaba durante todos los días.

Fue así que, al llegar las noches, se quedaba pensando que en el próximo sueño se le aparecería de cuerpo entero y que al despertarse lo poseería por completo.

Durante varios días había detallado el álbum de las fotos donde Maio aparecía al lado de su mascota, un perro alemán bien cuidado, o mirarlo saliendo por el vecindario a la panadería, las colaciones le eran irresistibles. Quería cerciorarse de que fuera él y no un extraño personaje, salido de las tinieblas de las pesadillas y venido a estar dentro de él.
En efecto, sus pasos eran lentos y se acompañaban con su voluminoso cuerpo.
Le preocupaba que así se volvieran sus pasos lentos y que no pudiera desplazarse con el ritmo necesario para llegar a tiempo a los lugares que frecuentaba y debía llegar.

Empezó a sentir que sus piernas recibían los impulsos de otro cuerpo metido en el suyo. Sus  manos se dirigían de un lugar a otro sin tener con ellas mayor control. Hubo unas veces que se presentaron forcejeos en sus movimientos, tanto los propios como los de él. Se estremeció su cuerpo y se llenó de escalofríos al evidenciar que ya no tenía el control de su propio cuerpo y que lo tiraban de la mano, como tratando de orientarlo sin entenderlo. Empezó a hablar con una voz grave que no correspondía a su acento; las palabras le salían sin control e incluso algunas parecían aullidos del perro que le servía de mascota a Maio. Se fue llenando de asombro al notar que ya no ejercía el control sobre sus actos y palabras. Ese extrañamiento nunca lo había vivido. Su angustia empezó y no sabia si salir corriendo a ninguna parte o someterse a un tratamiento especializado o a un exorcismo que le practicara un sacerdote experto. Estaba poseído y no sabia como librarse. Noche tras noche era una pesadilla. El recordar cuando no tenia este tipo de situaciones le producía grandes nostalgias. Sus noches anteriores le eran placenteras y los días pasaban sin mayores preocupaciones. Ahora eran una pesadilla que lo tenía aprisionado y no le daba tregua. Su respiración se agitaba hasta fallarle el aire, los latidos de su corazón se intensificaban de tal manera que le dolía el pecho, las manos le temblaban, los ojos se le enrojecían, el cuerpo lo sentía muy pesado y al caminar no podía sostener el equilibrio. No sabía que hacer y las opciones que había contemplado de acudir a algún tratamiento le llegaron a parecer inútiles. Llenarse de pastas y de rezos no eran una opción. Resignarse tampoco. El no saber que hacer lo atrapaba. Correr hasta el cansancio le producía un alivio,  hasta que volvía a ser poseso. Estaba poseído.

Carlos Capcast. Taller 25. EE.

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