Era un chiste. T26EE
Era un chiste
Las disculpas que le había dado al agresor aún persistían. Lo apuñaló en forma repetida y, cuando se dio cuenta de que no era el sujeto que perseguía, le presentó excusas arrepentido. La víctima, muriéndose, le respondió que no había cuidado, que todo era un chiste.
Cuando fue detenido el agresor, sus palabras fueron que se trató de un error y no de un crimen pasional, dadas las repetidas puñaladas con las que acometía a la víctima.
En otra ocasión, iba a pasar un puente a pie sobre una avenida y fue tanto el susto que tuvo que coger un vehículo para sobrepasarlo, no sin antes ir a la droguería preguntando por una pastilla medicada que no pudo ser obtenida en la droguería.
Cuando paseaba con su amada viejita, al tomarse de la mano causaba risa a los transeúntes, dada la desproporción de sus edades. Se reían y él, al notarlo, lo festejaba como un chiste que solo él entendía.
Pensó que su vida era un chiste, lo que empezó a percibir desde joven. Cuando le entregaban el plato hecho con los sobrantes de la olla, o la ropa usada del hermano mayor, pensaba que seguramente estaban equivocados de persona. Era otra su talla, una XL, y la de él apenas una S. Normalmente, la ropa se entregaba remendada con parches industriales ni con medidas desproporcionadas.
Pensó que no era mala la idea de ver su vida como un chiste. Hizo sus primeros intentos de representación en los programas de humor.
Al interpretar alguna de las escenas, notaba que los espectadores se reían con sus apariciones por su presencia y la ropa mal acomodada. La camisa y los pantalones se los ponía al revés y no alcanzaban a cubrirle todo el cuerpo, se le notaban las nalgas con los calzoncillos caídos y calzaba zapatos impares. Pero, cuando empezaba a contar el chiste, nadie se reía y miraban distraídos las paredes. Lo intentó varias veces, fueron intentos fallidos.
En una de esas presentaciones, quiso recrear el episodio del apuñalamiento y, al decir "no hay cuidado", nadie se inmutó, lo decía distraído, desentendido del público.
En otra, decidió representar el de su miedo al puente. Se subió a una silla y perdió el equilibrio, cayó al suelo arrastrando el atril y el micrófono. La gente soltó una carcajada estruendosa.
En su actuación más definida, contó que el paciente le dijo al psiquiatra que lo había convencido: no era un grano de maíz, pero que no había podido convencer a la gallina de que no lo era, e inmediatamente se puso a hablar del tratamiento y otros cuentos que no venían al caso. Recibió estruendosos silbidos.
.
Para variar, en un intento por ser tomado en serio, se vistió a la moda y muy bien, creyendo que así el público concentraría su atención en sus palabras. Contó su chiste favorito, el del grano de maíz, y siguió con sus explicaciones, recibiendo los chiflidos que ya conocía.
Notaba que su sola presencia causaba risas. Se veía tan englobado y desarreglado, y apenas contaba algunos de los que él consideraba sus chistes, los espectadores se distraían y miraban hacia el techo, a sus celulares y a otros lugares.
No obstante, se empecinaba en continuar con sus intentos, convencido de que su vida era un chiste mal contado y él debía mejorarlo. Que eso de tener inocencia en la vida era uno de los principales chistes y él lo seguiría intentando.
Las disculpas que le había dado al agresor aún persistían. Lo apuñaló en forma repetida y, cuando se dio cuenta de que no era el sujeto que perseguía, le presentó excusas arrepentido. La víctima, muriéndose, le respondió que no había cuidado, que todo era un chiste.
Cuando fue detenido el agresor, sus palabras fueron que se trató de un error y no de un crimen pasional, dadas las repetidas puñaladas con las que acometía a la víctima.
En otra ocasión, iba a pasar un puente a pie sobre una avenida y fue tanto el susto que tuvo que coger un vehículo para sobrepasarlo, no sin antes ir a la droguería preguntando por una pastilla medicada que no pudo ser obtenida en la droguería.
Cuando paseaba con su amada viejita, al tomarse de la mano causaba risa a los transeúntes, dada la desproporción de sus edades. Se reían y él, al notarlo, lo festejaba como un chiste que solo él entendía.
Pensó que su vida era un chiste, lo que empezó a percibir desde joven. Cuando le entregaban el plato hecho con los sobrantes de la olla, o la ropa usada del hermano mayor, pensaba que seguramente estaban equivocados de persona. Era otra su talla, una XL, y la de él apenas una S. Normalmente, la ropa se entregaba remendada con parches industriales ni con medidas desproporcionadas.
Pensó que no era mala la idea de ver su vida como un chiste. Hizo sus primeros intentos de representación en los programas de humor.
Al interpretar alguna de las escenas, notaba que los espectadores se reían con sus apariciones por su presencia y la ropa mal acomodada. La camisa y los pantalones se los ponía al revés y no alcanzaban a cubrirle todo el cuerpo, se le notaban las nalgas con los calzoncillos caídos y calzaba zapatos impares. Pero, cuando empezaba a contar el chiste, nadie se reía y miraban distraídos las paredes. Lo intentó varias veces, fueron intentos fallidos.
En una de esas presentaciones, quiso recrear el episodio del apuñalamiento y, al decir "no hay cuidado", nadie se inmutó, lo decía distraído, desentendido del público.
En otra, decidió representar el de su miedo al puente. Se subió a una silla y perdió el equilibrio, cayó al suelo arrastrando el atril y el micrófono. La gente soltó una carcajada estruendosa.
En su actuación más definida, contó que el paciente le dijo al psiquiatra que lo había convencido: no era un grano de maíz, pero que no había podido convencer a la gallina de que no lo era, e inmediatamente se puso a hablar del tratamiento y otros cuentos que no venían al caso. Recibió estruendosos silbidos.
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Para variar, en un intento por ser tomado en serio, se vistió a la moda y muy bien, creyendo que así el público concentraría su atención en sus palabras. Contó su chiste favorito, el del grano de maíz, y siguió con sus explicaciones, recibiendo los chiflidos que ya conocía.
Notaba que su sola presencia causaba risas. Se veía tan englobado y desarreglado, y apenas contaba algunos de los que él consideraba sus chistes, los espectadores se distraían y miraban hacia el techo, a sus celulares y a otros lugares.
No obstante, se empecinaba en continuar con sus intentos, convencido de que su vida era un chiste mal contado y él debía mejorarlo. Que eso de tener inocencia en la vida era uno de los principales chistes y él lo seguiría intentando.
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