Sombras T20 EE.RB

Sombras. T20 EE.RB

El día había sido intenso y largo. Se trataba de remover los recuerdos de mi hermano Maio, incluidos sus satíricos chistes, para lo cual decidí visitar el cementerio el Día de los Muertos que da señales inequívocas. El sol se acompañaba con una llovizna ligera y unas nubes que dibujaban figuras humanas, como dando señales de la aparición que esperaba. Recorrí las tumbas y leí bastantes epitafios grabados en sus losas, en los que imploraban la paz del sepulcro y expresaban grandes afectos, hasta que di con la tumba de Maio.

Le presenté mi saludo familiar, le hice sus respectivos rezos y le solicité que apareciera por fin; era lo pedido. Enseguida regresé a pie y caminé volando por las calles que me eran familiares. Atravesé parques, algunos con árboles florecidos y senderos peatonales animados por el trino de los pájaros, hasta que llegué ilusionado a casa con la expectativa de la aparición por la noche. Me sentía extraño y agitado. Después de predisponerme a dormir, tomé una ducha con agua caliente para conciliar el sueño. Al soñar, Maio, muchos años después de fallecido, de repente se me presentó para decirme entre otras cosas, que al despertar fuera a la biblioteca a revisar lo que me había dejado para probar su existencia.

Al hacerlo, fui a ver las señales que me habían anunciado. Noté que los libros de la biblioteca, organizados por temas y en orden alfabético, se habían desordenado y desplazado de un lado a otro, sin que supuestamente hubiera ingresado nadie. Vi sobre el escritorio unos libros subrayados, con las páginas dobladas, una carta de despedida y cenizas en las huellas. La colección de réplicas de las esculturas de San Agustín que me había regalado se encontraba en otra posición, y el olor del espacio estaba fuertemente impregnado de lirios, rosas blancas, crisantemos, claveles y, especialmente, gladiolos. No podía creer lo que había ocurrido. La verdad, me entraron serias dudas de que la aparición estuviera presentándose.

—Hermano, soy yo —me dijo—. Tengo que decirte que en esas páginas están muchos momentos de mi vida pasada, y que antes de visitarlo estuve acompañando a la vieja en sus días finales, para que no se fuera a ir muerta del susto. Cuando falleció, yo la llevé de la mano a este espacio donde nos reciben después de muertos y en el que estaré esperándote.

Ese fue el mensaje que me había dado en mis sueños.

Con mi asombro, Maio se me aparecía a través de los sueños y me dejaba evidencias en la casa. Ponía las cosas en un sitio y me aparecían en otro. Al principio pensé que era pura imaginación, pero con sus rastros me hacía pensar que era cierto. Estaba presente, y los recuerdos surgieron con fuerza. Me vino a la memoria la vez que, jugando fútbol, por recoger el balón se hizo una herida con el alambre de púas y dijo que no le había pasado nada a pesar de estar sangrando, para mucho tiempo después verle la cicatriz profunda. También cuando, jugando a las canicas, me advirtió que él tenía una colección que algún día me obsequiaría, las mismas que encontré encima del escritorio.

—Hermano, yo te había advertido que me iría, pero estaría presente. Aparezco en tus sueños y te dejo señales con objetos de la casa. Si te pones a mirar las reproducciones de las figuras precolombinas que te regalé, no están en su sitio, y cada una de ellas envía su mensaje. Las pusiste en la parte alta de la biblioteca y ahora están en otro estante, en la parte baja, al nivel del piso y ser andante. Ellas representan las ceremonias fúnebres que hacían nuestros antepasados y que, de alguna manera, son las nuestras. Son de figuras imponentes, con cabezas grandes, rostros inescrutables, piernas juntas, brazos pegados al cuerpo y manos sobre el pecho, siempre de pie. Las estudié en la universidad y quise que te acompañaran mientras volvía a hacerte mis visitas.

Le respondí en mis sueños:

—Hermano, no estoy seguro de que seas quien dices. Pienso que es producto de mi imaginación, de algunas conversaciones que hemos tenido, aunque los desplazamientos de los libros, las efigies trocadas y el olor penetrante de las flores me parecen fenómenos sobrenaturales o imaginarios, propios de mi desconcierto.

Me respondió:

—Hermano, seguro que soy yo, ya llegará el momento en que me verás de cuerpo entero caminando contigo. Por ahora he sido y seré tu sombra; no dudes que estaré acompañándote y dándote señales de vida.

Pasaron varias noches y solo veía mi propia sombra acompañándome, hasta que llegó el momento en que se me apareció de frente.

—Hermano, esta carta de despedida escrita después de muerto, y que te he dejado entre las páginas de uno de los libros que te puse en el escritorio, es para decirte que siempre estaré acompañándote con mi sombra sobrepuesta a la tuya. Cuando observes que una se separa de la otra, es para hacerte alguna advertencia; y cuando veas que está fusionada con la tuya, es por que estoy acompañándote. En los libros por mí subrayados encontrarás mi pensamiento y señales de vida, y cuando las páginas estén dobladas es para que observes que deben ser tenidas en cuenta de manera especial. No sé con certeza cuándo nos volveremos a ver personalmente, pero cuando llegue ese día estaré abrazándote con fuerza.

En la parte final de la carta, quizá para recordarme su humor negro, me dejó estos mensajes:

"Ayer me confesé en la iglesia de Lourdes con el padre."
—Sí... ¿y eso por qué?
—"Porque no tengo con quién conversar, no tengo amigos."

"A pie no paso el puente sin la pastilla medicada; mejor paso la avenida de alta velocidad a pie."
—Al fin se paró un vehículo, se subió y cruzó el puente sin pisarlo.

—Perdón, perdón. Me equivoqué, no era usted.
—"No hay cuidado. Fue una pequeña confusión. No hay cuidado. No importa que al matarme con su arma se haya equivocado, lo disculpo, no hay por qué..."
—Fueron sus últimas palabras al fallecer.

—"Y vos tan joven, ¿qué haces andando con una viejita?"
—Entonces ¿qué hago, si ella es la que me quiere y comprende, no me separa ni aleja, conversa conmigo y me cuida con afecto?
Un fuerte y entrañable abrazo, Maio.

Al leer la carta, confieso que las emociones me fueron contrariadas. Su humor satírico me provocó la carcajada, mientras sentía un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo al saber que estaba frente a mí su carta después de muerto. Los poros de mi piel se abrieron y la respiración se me aceleró hasta contenerla por algunos segundos, y me llegó la calma al reencontrarme con sus expresiones fraternas.    
   Han pasado muchos sueños y no he vuelto a saber de él. Las sombras a veces se separan y me tomo una pausa; cuando se presenta una sola, sigo mi marcha con la tranquilidad de vivir  su compañía. Aún pienso que las conversaciones con él son producto de mi imaginación. Sigo en la duda cuando verifico sus huellas en la biblioteca y la colección precolombina que me regaló, su manuscrito posmorten y su presencia diaria

Comentarios

Entradas populares de este blog

Descivilización genocida

Merlina —Edit 1. 11, OFB León De Greiff. Unal Bogotá. 25

Abueladas