Un viaje en globo

Al entrar en la canasta del globo con el apoyo de uno de los tripulantes, se le volvió a intensificar el miedo premonitorio, aquel que le habían dicho se le disiparía en el transcurso del viaje.   Dentro de la canasta y listo para alzar el vuelo, metido en su enorme y profundo vientre, se obnuviló viendo la corona en su envoltura multicolor. Entretanto se sorprendió ver su cuerpo mojado, sin saber si era por el abundante sudor interno del miedo o por la brisa lluviosa que se había presentado a las primeras horas de  la brisa mañanera anunciando tempestades.  El estar en tierra y ahora aprestarse para alzar en vuelo vertical, lo aterraba. Su costumbre cuando viajaba por los aires era la de ascender en forma oblicua, y al alcanzar una altura promedio, se desplazaba en forma horizontal a una velocidad crucero que en nada se asemeja a la del globo, salvo la del estar también volando, uno en  cohete y el otro a pie por las nubes.
     Ya iniciada la marcha no hay camino atrás. Como le habían dicho, el miedo posiblemente se le iría a disipar embrujado por la fantasía. Se trataba de vivir un ensueño por mucho tiempo cultivado. Estar caminando por las nubes, al vaivén del aire apacible y «a donde la corriente quiera» —lo que no dejaba de preocuparlo—, era su ensueño. A paso lento entre las nubes, mirando abajo los profundos riscos de las montañas escarpadas. En vuelo apacible de cóndor de los Andes que bordea ondulante los precipicios de las montañas.
     Miraba por los lados y a la distancia la primera flotilla de globos aerostáticos, que flotaban moviéndose suave entre las nubes. Recorrían el paisaje surrealista y muy colorido. Los globos parecían danzar en pleno concierto. Uno que otro globo se acercaba a punto de chocar, hacíendole contener la respiración y pensar que se le alborotaban nuevamente sus temores.       
    Al frente volaban otros globos con los viajeros que llegaron en las horas de la madrugada. Dispuestos a navegar con las primeras horas. Todos los aerostáticos estaban en fila bordeando los picos de las montañas. Miraba la agreste cadena montañosa, suspendido en el aire como si estuviera viajando en un ensueño surrealista cruzando las «chimeneas de hadas», en medio de un gran susto. Veía en sus costados una paleta de múltiples colores y aristas. Contemplaba el horizonte y sentía cómo se entrelazaban el susurro del viento y la naturaleza, rozando el cuerpo, y en especial el rostro, los brazos y los labios que seguían entreabiertos.
      Estando en  conexión con la naturaleza y la fantasía, el miedo se le fue yendo sin haberse dado cuenta. Aflojó la fuerza con la que estaba agarrado, estiró sus brazos y abrió sus manos, las que durante todo el viaje tenía en puños cerrados y con los dientes apretados.

—Bye, bye. A flotar —dijo el capitán después de un largo recorrido, preguntando a todos los pasajeros si  estábamos felices. Al globo le estiraba la cuerda y lo hacía subir al cielo en cámara lenta. Situacion que le permitió concentrarse por un buen rato, y así distraerse y disipar de una vez por todas sus temores.
    Después de haber mirado hacia abajo haciéndosele vacíos en el estómago, asombrado de verse a una altura considerable, muy por encima del piso que fue su apoyo en tierra firme, estaba flotando.
   Obtenida la relativa calma, empezó a registrar foto a foto el paisaje, en un viaje lento y hacia donde la corriente del aire quiera—su preocupación. Subir y bajar con moderación a la medida de las bocanada del quemador, administrada por el piloto. Su fuego y combustión hacia el vientre del globo, era lo que observaba y le rememoraba de sus orígenes. Confiado en las destrezas del piloto se —quien daba alturas y sentido a las corrientes de aire, aquellas que no siempre son apacibles—, observa cómo controlaba la dirección y la altitud del globo. Cómo lee, entiende y se orienta en las corrientes de aire. De repente, como haciendo parte del saludo,  apareció una turbulencia que hizo mover con brusquedad  el globo. Llegó sin avisar, con un golpe seco y vertical que estremeció la cesta de lado a lado haciendo traquear la cubierta. El piloto maniobró los mandos del quemador, pero la ráfaga se impuso, sacudiendo fuerte  al globo para después soltarnos en una caída veloz e intempestiva. Lo que antes era un apacible mirador, ahora se  convertía  en una nave sin mando. Aferrados a los asideros de la cesta y con las rodillas flexionadas, absorbíamos cada golpe, con los rostros pálidos, las miradas aterrorizadas y las manos y brazos asidas a lo que encontráramos a los lados. El paisaje que antes era majestuoso se convirtió en un precipicio hacia el fondo; el horizonte bailaba en una danza frenética y aparecía y desaparecía  como si el mundo estuviera patas arriba.

En una de esas embestidas, la turbulencia nos tiró hacia abajo, inclinando la barquilla hacia el fondo del que nos pudieron retener los cinturones de seguridad atados a la canastilla y el paracaidas por di acaso. La llama del quemador sonó más fuerte, como intentando dominar los cambios bruscos de la dirección a cargo del capitán. Los segundos eran eternos y el miedo exacerbado asumió el mando. Así, tan súbitamente como había llegado, la turbulencia cesó, recuperando con intermitencia la vista al horizonte.

El silencio denso y la adrenalina nos invadieron. Nadie hablaba. El piloto experimentado en estos avatares exhaló una sonrisa cómplice, mientras el sol terminaba de disipar la niebla. Volvímos a flotar y a entender que nuestra naturaleza no pertenece al aire en el que vuelan las aves.

Finalmente, no supe qué recordar, si los momentos en que lo disfruté o el instante en que sentí que llegaba el fin de mi vida.

—Hola, amiga, ¿cómo te sientes? —Siguió con susto y la respiración contenida, le respondió:
—No te imaginas, me sentí que vivía los últimos instantes, creí que me moría.
Esta respuesta se convirtió en un coro de los viajeros que dan testimonio de una hazaña de navegación aerostatica.

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