Titilar de luciérnagas. T17EE


Desde sus primeros años quiso ser religiosa y miraba el convento como su opción de vida. En sus primeros años cargaba la imagen de la Virgen María y el escapulario. Las oraciones diarias eran invocando al Padrenuestro  y las Aves Marias, haciendo el rosario. No faltaba a ninguna liturgia y cumplía con sus mandatos y preceptos. Sus regalos los prefería con motivos religiosos. Guardaba con especial cariño el muñequito que al moverse rezaba la oración del Padrenuestro. Soñaba su vida de religiosa y que cuando muriera quizás estaría santificada.

En consecuencia, de joven su propósito no era casarse y conformar una familia, menos morir pronto. No obstante, por circunstancias de su destino se dedicó al hogar y a los hijos, gracias a la insistencia de su pretendiente, quien ofreció promesas y penitencias religiosas hasta lograr su cometido de casarse con ella. Llegó a pensar que tanta insistencia, penitencia y rezos ofrendados eran seguramente voluntad divina y se desentendió por algún tiempo de su real vocación monástica.

    Los días de su vida fueron pasando hasta que la salud le anunció serios quebrantos. Las visitas hospitalarias se volvieron tan usuales que ya eran costumbre. Según el dictamen médico era leucemia. Su  cansancio era extremo y se le dificultaba la respiración, tenía episodios de fiebre sin infección aparente y sangraba, se sentia desfallecer. Sentía que su vida se le apagaba. El reporte médico se dio sin ser percibido por su familia en sus reales alcances e implicaciones, salvo cuando  en los días previos a su deceso se volvieron evidentes e irremediables, hechos cumplidos.

    Con el paso inexorable de los días, se fue poco a poco desvaneciendo hasta encontrarse con su muerte, la cual presentía y la veía inexorable. Había sido desahuciada y debía predisponerse para el cumplimiento de la sentencia médica que dictaminaba que sus dias contados e infalibles. En su proceso de convaleciente había visitado al hospital donde la diagnosticaron  y en su consecuencia, se desprendió de las visitas que de vez en cuando le hacían sus amistades, y se entregó a la comunidad religiosa, la que le dio amparo, le ofrecía el cuidado de sus últimos tiempos y con alguna esperanza de alivio. Vivía en una choza campesina de madera y tejas de zinc con piso de tierra aplanado y andenes de cemento en los que se desplazaba con sus pies descalzos. Su lecho de tablas sin pulir y de cobija ligera eran parte de su albergue y una cruz de madera con una bandera blanca a la que se sobreponía una cruz amarilla eran las compañeras a las que se aferraba con su fuerza ya debilitada. El camino que conducía al templo de oración era empinado y empedrado con rocas trituradas en recebo, al que transitada en medio del dolor que le penetraba por las rodillas sangrantes y se le extendía por el cuerpo.

Con la certeza de que le llegaría el día de su muerte, empezó a despedirse poco a poco en su agonía. A sus hijos les dijo en sus manuscritos que estudiaran y vivieran tranquilos, que ella iría a acompañarlos y que en caso de no volverse a ver, es porque estaría haciéndoles mejor compañía a través de la vida espiritual y las bendiciones que enviaría gracias al debido cumplimiento de los preceptos religiosos, y que los estaría siempre encomendando para que fueran protegidos de todo peligro. 
—"Bueno mis queridos amores; el destino de mi camino ha impuesto que no volvamos a saber nada ni  Uds. de mi ni yo de Uds, porque tengo que salir a cumplir una mision y no se cuando regrese. En todo caso este corazon rebosará de amor para quienes por voluntad de Dios soy la madre. Se que un dia no lejano estaremos no por cartas comunicándonos sino amando al Señor(...)"
Estaba convencida que eran asuntos del destino de su camino que se le imponían. Debía entregarse a una misión donde oraría mucho, haría penitencia y ayuno, a tal extremo, que de rodillas subiría de seguido la empinada cuesta,  para llegar al templo de la comunidad religiosa. Con sus rodillas sangradas en señal de ofrenda de penitencia y de los preparatorios para su desaparición definitiva. Siguió muriéndose.

Su síntomas le anticipaban los días de la cuenta regresiva de su muerte con el tiempo contado. Lentamente se fue desmoronando en silencio. Al final sólo le preocupaba la suerte que irían a tener sus hijos, los que se encontraban en otra ciudad lejos de donde habitaba. Con ellos intercambiaba cartas en las que se hacía evidente los consejos y en especial la ausencia, las nostalgias y las promesas de encontrarse. 
   Se supo con los días que había muerto y su entierro fue sin sus hijos y sin el resto de su familia. En el campo santo de la montaña donde fue enterrada se presentó un derrumbe que cubrió por completo las tumbas. Por las noches, con el titilar de las luciérnagas, se dice que aparecía su ánima implorando por la paz del mundo y el bien de su familia, en fin de cuentas. En los días se convirtió en oración e invocación cotidiana.

Capcast, 05. 26

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