Hombre normal


El era un hombre normal, entre blanco y mestizo, de mediana estatura, con treinta y tres años encima, frente ancha, ojos castaños, y labios comprometidos con las luchas sociales. 
El sentido de su vida era protestar contra el régimen, fuera el que fuera, sin distinciones discriminatorias.

—Hno,  todo lo que esté al alcance hay que hacerlo, incluyendo el atentado contra ese hijueputo dictador. Si fuere el caso, y así el país tuviera la pena de muerte de facto.  Todo lo que se hiciera contra el dictador estaría justificado—dijo.
—Si, es considerable. Bien recuerdo no hace mucho, cómo volvió a reprimir a fuego de fusil, en la última manifestación en que se produjeron  treinta y tres muertes, toda una masacre—le contestó.

Su casa era cercana al palacio presidencial y la preparación del atentado se le facilitaba. Era estar pendiente de las rutinas de entrada y salida y neutralizar los aparatos que impedian la utilización del dron mortífero. Cuando salía a las calles vecinas, se imaginaba el momento exacto, que de todas formas tenía que ser fuera del vehículo blindado. Dos veces lo vio de frente saliendo del carro y calculó que ese era el momento exacto para ultimarlo. Fue así que, al preverlo de esa manera, se dispuso a ejecutarlo: tomó el control del dron y empezó a acercarse a él hasta que logró el disparo, con tan mala suerte que el dictador alcanzó a ingresar al vehículo y él fue apresado. 
  En el juicio de nada valieron sus argumentos para que no fuera condenado a la pena de muerte
 Que la muerte no produce vida, que matando no se genera vida. No importa.

Fue sorprendido in fraganti y se consideraba que así estuviera prohibida la pena de muerte por los organismos internacionales, en ejercicio de la soberanía nacional el atentado contra el jefe de estado  podía hacerse sin mas contemplaciones diferentes a la del juicio sumario y abreviado. Bastaba con la sola acusación de haber sido sorprendido en in fraganti y el juez inmediatamente producía sin más la sentencia de muerte.
   Encarcelado, el tiempo lo tenía contado, la cuenta regresiva estaba en marcha. Faltaba un solo día para su ejecución en la silla eléctrica. Se encontraba encadenado de pies, manos y cuello, en una cadena que se extendía a las columnas de amarre. No podía creer que él que haɓia luchado contra la pena de muerte, la estuviera padeciendo en forma cruel y de esta manera. 
  Por la rejilla de su celda, ubicada arriba, cerca del techo, entraba una luz tenue y alcanzaba a escuchar el trinar de los pájaros, los que estaban en una arboleda a una distancia prudencial de la cárcel.  

El confesor se había anunciado que llegaría en las horas de la mañana. Pensaba que si hubiera viajado el dia anterior al crimen no lo hubieran incriminado y que al borrarse las huellas de la memoria, se hizo irremediablemente sospechoso. Hubiera podido ser un buen padre de familia, pero eso ya eran oportunidades perdidas. Al sacerdote le confesó:

—Padre soy inocente, y no hubo manera de probarlo. Al absolverme espiritualmente quedo con Dios y puedo irme tranquilo.
—Hijo, con un arrepentimiento verdadero Dios perdona. Estás perdonado, le dijo.

Para su comida final había pedido un plato de cordero acompañado de pan y vino, a la usanza de las comidas de los apóstoles en su última cena. Bien recordaba los días en que fue al seminario con la esperanza de ser sacerdote y no se explicaba por qué le falló la fe y no siguió formándose como religioso. Le decía al sacerdote en su confesión que había sido muy estúpido. De haberlo hecho, quizá no se hubiera involucrado, aunque sabía también que varios sacerdotes habían sido apresados también por supuestos delitos políticos. 
   El tiempo que antes le era tan impersonal y se tenía para cumplir los horarios,  ahora estaba convertido en algo personal y su conteo se le volvió un tic tac de segundos, minutos y hora tras hora. 
—Si hubiera viajado ese día, seguro se liberaría y no habría participado en el atentado. Estaría participando del festejo familiar al que fui invitado, pero más pudo la vocación conspirativa. Incluso el día del atentado, si hubiera regresado por la chaqueta dejada en la habitación con sus documentos, no habría alcanzado a tiempo el atentado. O si simplemente hubiera desistido de hacerlo, igual no estaría supuestamente implicado. Todas las opciones posibles le daban vueltas y nada. El tiempo escaseaba y la realidad era inevitable, y por muchas opciones que hubiera pensado, ya era un hecho. El pasillo y el casco metálico donde se conectarían los cables eléctricos lo esperaban. Todo era un suplicio que se disiparía cuando por fin se ejecutara.
Los asistentes a semejante espectáculo mortuorio, iban llegando a cumplir la cita y a ser testigos de la cruenta ejecución, de la cual esperaba no fuera a fallar para abreviar el suplicio. Al iniciarse el proceso de ejecución se fue la luz y hubo que aplazarse para el dia siguiente, como en efecto sucedió y volvió a repetirse la ida de la luz, hasta que el suplicio se prolongó para una nueva oportunidad, cuando quedará derogada la norma de la pena de muerte o le concedieran un indulto, lo que a todas luces podia  resultarle ilusorio, pues aparentemente no habría marcha atrás y lo que si era evidente era la prolongación de suplicio esta vez con los quebrantos de salud a los que estaba sometido. [...]
 Capcast 05, 26

APÉNDICE. Comentario DeepSeek:

Aquí tienes un comentario literario del texto proporcionado, analizando su estructura, simbolismo y temas centrales.

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Comentario Literario

El texto presentado, fechado como "Capcast 05, 26", es un relato breve de profunda carga política y existencial que se construye como una parábola distópica contemporánea. A través de una prosa austera y funcional, la narración explora la paradoja de la violencia justiciera, la cosificación del tiempo bajo la inminencia de la muerte y la soledad del individuo frente a un sistema legal concebido como mero instrumento de venganza estatal.

1. La construcción del antihéroe: entre el ideal y la derrota

El protagonista se presenta desde la primera línea como un hombre deliberadamente "normal", cuya descripción física rompe con la épica tradicional del héroe o el mártir: "entre blanco y mestizo, de mediana estatura". Esta normalidad se subraya con un detalle magnífico y lleno de ironía trágica: "labios comprometidos con las luchas sociales". La metonimia dota al personaje de una dimensión moral e ideológica, pero al describir sus labios en lugar de sus manos o su mente, el texto insinúa que su lucha es, quizás, más discursiva que efectiva, o que su compromiso es su rasgo más visible e íntimo.

Esta presentación inicial contrasta violentamente con la acción radical que planea: el tiranicidio con un dron. El personaje encarna la contradicción de quien, abogando contra la pena de muerte ("él que había luchado contra la pena de muerte"), justifica el asesinato político como un mal necesario: "Todo lo que se hiciera contra el dictador estaría justificado". El relato no juzga esta contradicción, la expone como el núcleo trágico de la condición humana bajo regímenes opresivos, donde la ética personal se retuerce hasta aceptar la barbarie para combatirla.

2. El espacio y el tiempo como cárceles concéntricas

La geografía del relato es una serie de círculos opresivos. La casa del protagonista, "cercana al palacio presidencial", simboliza una proximidad física al poder que es, a la vez, su perdición. Desde su ventana, la realidad se convierte en un cálculo obsesivo de rutinas, un espacio vigilado y reducido a un problema táctico que falla por un segundo fatal: "el dictador alcanzó a ingresar al vehículo".

La celda final es la culminación de este encierro. La imagen del protagonista "encadenado de pies, manos y cuello" sugiere una inmovilización absoluta y cruel. Sin embargo, en ese espacio de máxima deshumanización, irrumpe un detalle de una poderosa lírica contenida: "Por la rejilla de su celda... entraba una luz tenue y alcanzaba a escuchar el trinar de los pájaros". Este resquicio sensorial es el último vínculo con una vida libre y orgánica, un contrapunto a la frialdad tecnológica de la silla eléctrica y el dron.

El tiempo sufre una metamorfosis paralela. De ser "impersonal", una sucesión de horarios, se transforma en un latido interno y obsesivo: "un tic tac de segundos, minutos y hora tras hora". Este tiempo interiorizado se vuelve tortura psicológica, una "cuenta regresiva" que convierte la espera en el verdadero suplicio, más aún que la ejecución misma.

3. El simbolismo religioso y la última cena laica

El texto está atravesado por un fuerte, aunque ambiguo, simbolismo cristiano. La edad del protagonista, "treinta y tres años", lo equipara inmediatamente con la figura de Cristo, otro ajusticiado inocente por el poder establecido. Esta identificación no es heroica, sino profundamente humana y fallida: recuerda su paso por el seminario y su "fe fallida" con un lacónico "había sido muy estúpido".

La petición de su última cena es explícita: un plato de cordero, pan y vino, "a la usanza de las comidas de los apóstoles en su última cena". El gesto no es de santidad, sino de comunión cultural y existencial con una tradición de sacrificio. Su confesión al sacerdote es igualmente paradójica: "Padre soy inocente". No se arrepiente del acto en sí, sino que proclama una inocencia que parece referirse a un plano moral superior o a una falla procesal, dejando su "arrepentimiento verdadero" como un enigma sobre qué es lo que realmente lamenta: si el crimen, haber fallado, o las "oportunidades perdidas" de una vida normal.

4. El estilo y el final como farsa cruel

Estilísticamente, la prosa es seca, acumulativa y sin énfasis retóricos, lo que potencia el horror mediante la mera exposición de los hechos. Frases como "Que la muerte no produce vida, que matando no se genera vida. No importa" funcionan como un golpe seco, la anulación del discurso humanista por la maquinaria implacable de la "razón de Estado", disfrazada de "soberanía nacional".

El final introduce un elemento de absurdo kafkiano y farsa macabra. La ejecución, el acto de poder definitivo, se suspende no por clemencia, sino por un fallo técnico: "se fue la luz". Este hecho trivial se repite, prolongando el suplicio de un modo insoportable. La salvación no llega por la derogación de la ley o un indulto, posibilidades calificadas de "ilusorias", sino que se vislumbra como una perpetuación infernal de la agonía: "lo que sí era evidente era la prolongación de suplicio esta vez con los quebrantos de salud". La muerte, anhelada como fin del sufrimiento, se niega, convirtiendo la vida en una condena más cruel que la propia ejecución.

En conclusión, el relato es una meditación sobre el fracaso: el fracaso del acto revolucionario, el fracaso de la fe, y el fracaso de la justicia. A través de un antihéroe atrapado en las contradicciones de su propia ética, el texto construye una poderosa imagen de la soledad humana frente a la violencia cíclica, donde el tiempo y el espacio se dilatan hasta convertir la existencia en una espera sin redención, suspendida en el estruendo silencioso de unos pájaros al otro lado de una rejilla.>> Deepseek 

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