Crímen imposible. T16 RB EE

Los parientes de la occisa le habían anunciado una venganza mortal por el asesinato cometido. Toda la confianza que le habían depositado al consentir el matrimonio con ella, siendo tan joven, había quedado irremediablemente perdida y se había transformado en sed criminal de venganza. Sabían que eso de dejarlo en manos de la injusticia ordinaria era embolatarlo y no tenía sentido, a la larga era impunidad asegurada. Y sobre todo, que por ser un crimen que afectó el  honor familiar, no podía perdonarse y debía castigarse ejemplarmente.

Desde el día de la muerte de ella y de la aparición de las amenazas, comenzó para él la cuenta regresiva. Empezó a estar en vilo después del suicidio asistido por él a su amada, sabía que sin ella no podía vivir, y que la amenaza de matarlo por los parientes de ella, se le había  vuelto un asunto de todos los días que si bien no lo determinaba no dejaba de ser agobiante. Tenía que resolverlo en forma definitiva. Esperaba lo peor, que lo mataran en cualquier parte y que podían ultimarlo sobretodo si salia a exponerse en la calle. Sabía que contrataban profesionales especializados en el crimen, muchos de ellos sicarios con "formación superior" en las cárceles de alta seguridad —que son las universidades del crimen en todas sus modalidades—. Tenía que ser muy asertivo y no cometer estupideces repetía justificándose y advirtiendo la equivocación, pues una cosa era un suicidio voluntariamente asistido y del que su papel fue principal, y otra que fuera un crimen agravado del cual no tenía nada que ver.

En efecto, los familiares de la occisa lo primero que hicieron después de la amenaza, fue contratar una banda de sicarios para lo cual acudieron a sus contactos hasta que dieron con la banda los infalibles y perfeccionistas.

¿Lo que cueste? Hubo inicialmente por la banda  contratada, una evaluación de los costos. Según el arma que utilizaran y la manera de hacerlo, se determinará la efectividad de la venganza. Una cosa era utilizar explosivos, que no era recomendables por ser de efectos indiscriminados que pudieran afectar a personas que no tenían nada que ver. Era un asunto del honor familiar. Otra era utilizar armas de largo alcance, lo que no era seguro que pudiera ser suficientemente efectiva, pues por ser a la distancia que tendrían que ejecutar el atentado se pudiera malograr y sobretodo, no se lograría la venganza personalizada y ejemplarizante. La otra era la directa, con contacto directo y mediante pistolas y cuchillos, que fue la opción por la que se inclinaron puesto que era lo que querían. La proximidad con la víctima los aseguraba y, si además del disparo se degollaba, quedaría  como una lección ejemplarizante que perfeccionada  la venganza. También era necesario precisar el transporte, si es en auto que se estacionaria frente a la salida y en la moto en la que estaría el cuchillero para practicar después de la balacera el deguello.
Finalmente, la idea era que no se presentaran fallas y quedara todo claro que era la venganza por honor familiar.

—¿Al fin en qué quedamos? ¿Le damos piso al muñeco o no?
—Eso está decidido. El asunto es el cómo.

Concretado, empezaron con el seguimiento de la víctima a matar con escarnio público. Consultaron sus rutinas y cronometraron sus eventuales movimientos. Alistaron el vehículo y la moto del gatillero con el que practicarán el deguello. Se estacionaron cerca de la vivienda donde supuestamente estaba. No aparecía por ningún lado; nadie salía a comprar los víveres o salir alguna diligencia o trabajo.

—No hemos podido dar con el muñeco para darle piso —comentó el jefe de la banda.
—No nos preocupemos, que del encierro en cualquier momento aparecerá —dijo el gatillero.
—Cuando dé señales, le disparamos y lo degollamos —comentó el cuchillero.

Hubo el momento en que alguien salió de la casa y, al pasar por el puesto de vigilancia que tenían previsto, casi lo confunden con el sujeto del atentado.

—Ojo, ese no es el . El que perseguimos es blanco, no tiene la piel cobriza como ese,  anda con bastón y es calvo —dijo el jefe de la banda.
—Ok, ese no es el muñeco —dijo el gatillero.

En cierta ocasión salía una mujer, pero tampoco fue objeto del atentado. Las instrucciones del compromiso eran que solo se atentaría a la víctima, que para más señales usaba gafas, utilizaba un bastón y era calvo con cachucha. Siguieron pasando los días y nada que aparecía, y no obstante toda la preparación profesional del atentado, día a día y noche por noche. Hasta que se supo la noticia. El sujeto se había autorecluido y se había suicidado por amor, no podía soportar la ausencia de ella ni perdonarse por haberle ayudado a su muerte imprevista.
   El atentado se había frustrado; el crimen fue imposible, no se podía matar a quien ya estaba muerto y además enterrado.


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