Abuelo


Los preparativos de los padres con la salida que tenían prevista, no contaban con la preocupación de la niña por sus muñecas. Le decía a sus padres que ella no podía dejarlas solas y así no saldría, ellas necesitaban de su amor. Incluso llegó el momento que se les escondió en el almario para que no se la llevarán. Al llegar su abuelo, salió y le dijo:


—Estoy triste. Voy de paseo con mis padres y no puedo llevar a todas mis muñecas; tengo que dejar a Maribel para que las cuide. Isabela se va conmigo para el baile que tenemos.
—Tranquila. Veo que las dejas bien guardadas y arropaditas. Yo quedo pendiente de ellas. Por eso vivo cerca, para darles la vueltica por si me necesitan, respondió. 
—Ah, bueno, abuelito, se las encomiendo, sobre todo a Maribel, que la dejo encargada para que lo ayude. Así me voy más "tanquila", una de las palabras que conservaba.

Mientras estaba en su paseo familiar, miró una muñeca parecida y le recordó que algunas de las suyas estaban siendo cuidadas por su abuelito.

—Estoy tanquila porque sé que mi abuelito me las cuida. Imagino están muy contentas conmigo, pues yo las baño, las visto y las peino. Las saco a pasear y les doy helados.  Les dije que hicieran mientras estoy fuera de la casa. Cuando regrese, les llevaré unos dulces y las sacaré a ver la película de Encanto, donde está Maribel e Isabela, quienes a sus quince años, con su piel entre blanca y oscura, el cabello enroscado y sus gafas redondas, quiere a su familia y la sabe cuidar como yo. Les entrega todo su amor y quiere a cada uno de los integrantes de su familia:

—Tendré que estar pendiente de las muñecas y especialmente de la enfermita que tiene un brazo partido; las sacaré a pasear y le enviaré algunas fotos a mi nieta, para que vea que las estoy cuidando como le prometí. 

De seguido, la nieta le pedía a su mamá que llamara al abuelito para saludar a sus muñecas.
—Abuelito, buenos días, cuéntame cómo están mis muñecas.
—Están bien, nietecita. Maribel me preguntó por ti y yo le dije que la extrañaba mucho, pero que estaba tranquila porque yo la estoy cuidando.
—Ah, bueno, abuelito. Yo estaré llamándolo; le seguiré pidiendo el favor a mi mamá de comunicarnos. Qué saludos les envía Isabela.

Entretanto, en una de las visitas a las muñecas, no supo dónde había dejado a Maribel, que estaba al lado de la enfermita. La buscó por todo el cuarto, miró debajo de la cama y en el estudio. Fue a la sala y revisó por todos los asientos, miró en el baño y nada que la encontraba.
—Estoy preocupado, no encuentro a Maribel y cuando llegue la niña, si no la ve, se pondrá demasiado triste y no volverá a confiarme las muñecas. Si no la encuentro, tendré que volver a conseguirle una idéntica —como en efecto lo hizo.
Al regresar a casa, la nieta encontró a Maribel tapadita con una cobija y fue a ver las demás muñecas cuando vio que había otra Maribel. Le preguntó a su abuelito, quien dudó en responderle, hasta que se le ocurrió decirle:
Maribel y su hermanita gemela están juntas.
—Es que Maribel, mientras estabas de paseo, trajo a su hermanita gemela y la puso con las otras muñecas, para que también me ayudara a cuidarlas.
—Qué bueno, abuelito, así  con ellas las otras muñecas será más fácil y me ayudarán a cuidarlas. Aunque a veces no sé cuál es una y cuál es la otra. Tendré que distinguirlas.
—Así es, nietecita, seguro que por eso Maribel decidió traer a su otra hermanita. Juntas son muy parecidas y hacen lo mismo.

La nieta como había quedado satisfecha con los cuidados del abuelito, en la siguiente ocasión fue al cine con él, Maribel, Isabela y sus padres. Compartió sus crispetas y las sentó en el asiento del lado que había separado para ellas. Quien tenía la boleta del asiento, al ver en él a las muñecas, no supo qué hacer y le dijo:

—Niña, el asiento está ocupado, a lo que la niña le respondió:
—Sí, señor, está ocupado con las muñecas y están comiendo crispetas. El señor no tuvo más alternativa que llamar al auxiliar del teatro para que le ayudara a resolver el asunto.
—Señores, el joven tiene la boleta del asiento en que tiene a sus muñecas.

Entretanto, los padres que la acompañaban se disculparon ante el auxiliar y el joven del asiento. La niña no tuvo más remedio que abrigarlas con sus brazos y entró en un llanto desconsolado. Ante esta situación, el abuelo les dijo a sus padres que cada uno cargara una muñeca y se turnaran con la niña, que él se encargaría de estar pendiente de lo que se necesitara. La niña volvió a darse cuenta de que tenía un gran aliado en su abuelito y le dio un tierno beso en su cara en señal de gratitud y les dijo a sus muñecas que estuvieran tranquilas que contaban con él cuando se necesitara. Capcast, abreviatura. TALLER 19. Cuento infantil. 5.26

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