Un viaje en crucero


El viaje en el crucero se podía ir al traste; había fuertes huracanes fuera de temporada, propios de estos tiempos del clima impredecible. Hasta que no se aplacaran, no habría modo de embarcarse.

—Lo mejor es que aplacemos el viaje y nuestros planes—le dijo él—. Todavía tenía dudas de hacer lo que habían acordado, lo haría a regañadientes.
—No, téngalo por seguro que ya desaparecerán; así ha venido sucediendo y la pasaremos bien, cada uno por su lado—le contestó ella— reafirmando lo que se habían propuesto.
—Está bien, viajaremos por el mar, la suerte está echada, al final nos separaremos—le contestó él a regañadientes—.

El hecho es que llegaron al puerto turístico de la terminal marítima de transporte  y ahí hicieron una larga fila que conducía por barandas metálicas al despacho portuario de la aduana. En la fila, él observó una mujer trigueña de ojos claros que le recordaba un viejo amor. Su compañera, al notarlo le solicitó con sorna que le ofreciera ayuda con el equipaje de ella; al hacerlo, la mujer trigueña con cortesía lo rehusó. El acompañante de ella se encargaba de atenderla y cargar con su maleta.
—Mire, lo primero antes de hacerme esas solicitudes, es verificar  si venía acompañada, como en efecto lo estaba—le dijo él.—Sus relaciones estaban tensas y a punto de quedar definitivamente rotas.


Ella le dijo que la fila era larga y habría mas opciones, que en fin de cuentas  se trataba de viajar en el crucero y mirar con quien se encontrarían y así cada uno ir por su lado.
    Su ingreso fue por una portezuela que abría al interior del crucero, y conducía por un pasillo a la recepción que les indicaría la cabina. Una vez revisada la identificación lo primero que miraron es un enorme edificio flotante de muchos pisos en la forma de un barco inmenso. Empezaron a sentir la brisa del mar por uno de los ventanales y a lo lejos unas nubes estaban oscurecidas anunciando la llegada de la lluvia torrencial.
  

Él, era de la idea que tan pronto cada quien fuera por su lado, iría directo a la cubierta para escoger la silla cercana al borde de la proa, no estar pendiente de nadie y no bajarse en ninguna parte. Ella, iría a estar en aventura tras amores furtivos, tal como lo había advertido. Sabía que viajar en crucero por el mar era de por si una experiencia inolvidable y por ser su viaje de despedida resultaba simbólico.

—Buenos dias, me prestan su boleto para  asignarles la cabina—les preguntó la recepcionista—y les indicó que una de las auxiliares los ubicaría.

—¿La maleta liviana es la suya?—le preguntó a él —.
—Si, es la mia, llevo la ropa apenas necesaria y por si acaso, solo traígo un par de libros—le contestó—.
—Esta es la cabina de Uds.
—Son cabinas separadas, le observaron—Ok, entonces contiguas—y se las asignó deseándoles buen viento y buena mar.
Una vez instalados ubicaron los baños, los restaurantes y los bares, a los que se llegaba en ascensor, pasaron a la piscina y ella a mirar quienes estaban. Él, de inmediato, observó la silla al borde de la proa. Ese sería su sitio durante todo el viaje frente al mar y, como quería de una vez asegurarlo se sentó, y puso su pecho al mar y la brisa que corría fuerte anunciado tempestad. Tenía previsto de que al presentarqse el huracán, seria una señal, se sujetaría de una baranda en la proa, y cuando las olas estuvieran altas y tempestuosas se dejaría llevar, era su plan.
   Entretanto, ella había salido para el bar para encontrarse con alguien que le atrajera y estuviera disponible. Al día siguiente dió con uno muy simpático que la invitó a tomar unos tragos y lo aceptó. Se pusieron a bailar y a seguir el torbellino de sus emociones durante los días siguientes, hasta que se despidieron sin ningún compromiso ni promesas.

El último día el cielo estaba más oscurecido, de repente irrumpieron unos vientos violentos que sacudieron el crucero; eran ráfagas que hacían crujir el casco como si fuera de latas frágiles. Las nubes giraban en espiral hacia el ojo del huracán, y la lluvia caía torrencial, atravesada por relámpagos. Las olas crecieron formando montañas de agua, y cada golpe contra el barco lo desviaba de su rumbo hasta recobrarlo.

    Por los altavoces el capitán solicitó a todos los pasajeros que no estuvieran en la cubierta y se resguardaran al interior del barco. Él no hizo caso y aprovechando la ocasión esperada se dirigió a la proa y se sujetó a la baranda, a riesgo de ser separado de ella y ser arrojado al mar. La tempestad lo azotaba y lo arrastraba con una fuerza que lo atraía.
  —Eso es lo que vine a hacer, quiero sentir el agua en la cara, la furia del mar, a riesgo de que el barco amenace zozobra y pueda aprovechar las circunstancias—lo repetía.

Entretanto, ella siguió viviendo sus aventura en las tardes y las noches. Había  dado con un enamorado disponible y solitario. Del huracán sólo sentía el movimiento propio del fuerte vaivén de las olas, pues su embriaguez y la atracción por el recién conocido eran mayores. Por otra parte, estaba segura que su compañero, como le habia dicho, estaría entretenido, sin importarle lo que estuvieran haciendo. En resumidas cuentas era lo que habían acordado.
   Así llegaron al final de su viaje. Ella, al regresar al puerto empapada por la lluvia, pensó que él, su compañero,  había desembarcando primero. Lo habia buscado por la cubierta mojada y por la alcoba. No lo encontró, lo hizo llamar por el parlante y nadie respondió. Lo busco y finalmente salió de la embarcación pensando que después se reportaría. Así pasó el tiempo y en medio de una nostalgia inesperada, no volvió a saber nada de él hasta que lo dió por  desaparecido.

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