Esperanza T13.EE

Esperanza, después de varios días de la posible desaparición voluntaria de su exmarido en el barco crucero, decidió reencontrarse con su viejo amor. Era tanto su hastío por unas relaciones indignas, en las que no se respetó la diversidad de aceptarla como es, o en la intimidad de sus encuentros amorosos, que invadió sus espacios privados haciéndolos públicos con sus amigos, o la integridad de su cuerpo que lo expuso al peligro de ser violentada y que interponía cuando era amenazado; la libertad de sus pensamientos, de no dejar decir nada, hasta el honor de su persona que lo dejaba en entredicho y con una reputación dudosa. Recordó que la última vez la amenazó con desaparecerse, pero como tantas veces, quedaba en amenazas incumplidas. No pudo creerle.


Sus reflexiones las hacía al caminar desde su apartamento hasta el parque, donde sería la cita después del viaje en que se encontraron en aventura con Cristóbal. Atravesó la avenida por el puente peatonal y un par de calles, y pasó a las instalaciones de la universidad en la que había estudiado con su viejo amor que enseñaba humanidades y la había acompañado en el crucero.
   El parque al que iban se extendía entre varias calles y carreras que lo demarcaban. Ingresaron por los caminos bordeados de árboles, los que daban asiento a los pájaros que sostenían con su trinar un concierto de bienvenida. Volaban por el firmamento que se despejaba de nubes grises y daba curso a los rayos matutinos; los que anunciaban el esplendor del día y el despertar de las emociones perdidas. Recorrieron el sendero empedrado y, en una de sus paradas, Esperanza puso sus pies en la banca que daba a la orilla de la laguna para amarrarse sus tenis, lo que Cristóbal de inmediato se prestó para ayudarla.

—Tu invitación a caminar por el parque para que conversemos de lo nuestro me ha parecido lo propio —le comentó, iniciando la charla.
—Es una alegría grande la de verte, Esperanza —le dijo Cristóbal.
—Igualmente —le respondió sin entusiasmo.
Sin mayores preámbulos le preguntó:
—¿Cómo te ha acabado de ir? Entiendo que nos quedó algo pendiente en el crucero.
—Ni para qué te cuento, fue una pesadilla con mi ex, al punto que no volví a saber nada de él. —Cristóbal entendía que no había que hacer comentarios al respecto, y sabía de la relación tormentosa entre ellos, que estuvieron varias veces a punto de divorciarse—.
  Lo tuyo ameritaba nuestro reencuentro, le dijo.

Él no hacía más que ultrajarme; le parecía que mi entendimiento era muy reducido y me trataba de tonta. Le reiteraba a Cristóbal, con quien se volvió a encontrar después de haber pasado con él varias noches en el crucero, le observó.
—Conmigo no te preocupes, soy respetuoso de la dignidad de las personas; por muy molesto que esté, le reitero.
—Eso fue lo mismo que me dijo aquél, cuando empezamos. Es bueno ahora que buscamos una relación estable y duradera, que nos vayamos conociendo con calma, sin el ímpetu con el que nos conocimos, le contestó.

Entretanto, le hizo un doble nudo en sus zapatos y así la invitó a pasear por los alrededores del parque, haciendo uno que otro intervalo para recomponerse. Cuando llegó al puente del arroyuelo, en su costado encontró un césped que le atrajo para tenderse en el suelo con los brazos abiertos y con Cristóbal.
   Pasado un rato de ensueño, ella cogió las manos de él y le dijo:
—Mira, espero que esta vez resulten las cosas. Pero la verdad, tengo mucha resistencia y no sé cómo pueda superarla, le dijo Esperanza.
—No te preocupes, que con el tiempo y al ver cómo sorteamos los momentos difíciles, puedas resolverlo —le respondió Cristóbal.
—Ahí lo vamos viendo, pero, como te digo, la secuela es dura.
—Como quieras, lo cierto es que no puedes negarte a tener una nueva relación —le dijo.
—Ya sabes, eso me pasó con tu hermano después que te fuiste, así como con otros amores líquidos, pasajeros. Pesadillas fuertes, hastío
y nada más .

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