A fuego lento. T14. RV— EE.

   Hacía muchos años que se conocían. Estudiaron juntos en el mismo colegio, se acompañaban en las horas del recreo y se ayudaban con las tareas. Iban seguido al cine y a las fiestas que programaban con entusiasmo. En la universidad mantuvieron la misma rutina, hasta que llegó el momento en que ya no sabían qué sentían el uno por el otro. A veces los confundía: no distinguían si eran de amistad o de un enamoramiento no confesado. La costumbre de verse sin avanzar les pasaba factura y los dejaba en la incertidumbre.

—Hola, Cristóbal. ¿Cómo estás? —dijo Milena, decidida a conversar.
—Bien. ¿Y tú?
—He notado que de un tiempo para acá me esquivas la mirada cuando nos encontramos; cuando intentamos hablar, te vuelves disperso y, al final, no me dices nada. Siento que me evades. ¿Por qué lo haces?

Cristóbal se pasó la mano por el cuello, miró hacia los lados y siguió disperso, dándole vueltas a la respuesta.

—No te evado. Es que ando tan ensimismado leyendo y pensando que no me doy cuenta. A veces pierdo el hilo de la conversación o me quedo sin saber dónde estoy.
—Ah, ¿y qué lees? —dijo ella, siguiéndole la idea.
—Depende de las circunstancias y del estado de ánimo. Ahora estoy leyendo sobre el desamor y la reconciliación, una tarea que me recomendaron en el curso de narrativa.
—Pues nos tomamos un café y me cuentas. ¿Te parece? Solo tienes que llamarme y lo concretamos. Puede ser en un bar, en una cafetería, en mi apartamento o donde tú quieras.
Cristóbal marcó el número varias veces. Al llegar al último dígito, colgaba. Una vez completó la llamada, oyó el primer tono y la canceló de inmediato. Milena miraba la pantalla cada vez que sonaba. Reconocía el número, pero no le devolvía las llamadas.
Por otra parte, Cristobal consideró que en cuanto al sitio, pensaba que el bar no era apropiado dadas las circunstancias, y el apartamento le parecía demasiado íntimo; la cafetería, además, estaba llena de distractores.

El teléfono se quedó sin llamadas. Milena regó las plantas, les puso comida en la ventana a las aves silvestres y entró sin mirar hacia donde estuviera Cristóbal.

Pasaron los días. Una tarde, al volver a casa, Cristóbal coincidió con Milena y Pedro —el amigo mutuo y vecino de ella— junto a la estación del metro, donde de vez en cuando se encontraban.

—En estos días queremos programar una cena de reencuentro y celebración de nuestra amistad —le dijo Milena—. ¿Quieres acompañarnos?

—Gracias. No sé, tengo muchas cosas por hacer que son inaplazables.

—Siempre tienes cosas que te distraen de asumirlas y resolverlas, hombre —le interpeló Pedro, molesto, y se quedó mirándolo fijo.

Cristóbal metió las manos en los bolsillos e hizo ademán de irse, haciéndose el desentendido.

—Tenemos que conversar —le dijo Milena a Cristóbal—¿Nos vemos luego en la frutería del lado? Me faltaron las manzanas —Y en seguida, refiriéndose  a Cristóbal—: Normalmente voy los martes a comprar los víveres al lado de la estación. En esta ocasión son para completar los de la cena a la que te he invitado; la tenemos prevista para el fin de semana.

—Ah, el fin de semana. Ok.

—Entonces me acompañas, Cristóbal —repitió Milena, tratando de asegurarlo.

Esa tarde, en el balcón, Milena estaba sola. Cristóbal se asomó a la ventana. Ella levantó la mano y le hizo señas para que le contestara la llamada que le estaba haciendo.

—Mañana es martes —le recordó, alzando un poco la voz.

—Mañana es martes —repitió Cristóbal sin comprometerse.

Milena quedó con la incertidumbre de si Cristóbal cumpliría la cita. Él se mostraba muy evasivo. El martes, tal como lo tenía previsto, Milena llegó a la tienda de víveres y esperó media hora a que apareciera Cristóbal. Mientras tanto, mirando las frutas y verduras, le preguntó al tendero si estaban recién traídas de la huerta que lo abastecía; él asintió de inmediato y le ofreció algunas para degustar, aunque notó que el propósito de ella era otro: hacer más llevadera la espera. Le preguntó por Cristóbal y si ya se había asomado. Completó con parsimonia los alimentos de la lista y, cumplido el tiempo de espera sin que él llegara, volvió a su apartamento.

El fin de semana, Pedro asumió su papel en la cocina: preparó la cena con esmero y la maestría que le daba su experticia de chef. Cocinó a fuego lento, transformando la textura, el sabor y el aroma de los alimentos, volviéndolos más suculentos y digeribles. Como quien dilata la espera, sirvieron sin apremio los tres platos y comieron despacio. Cristóbal, al fin, no fue. Envió con unas flores un par de botellas de vino de reserva, a modo de disculpa por el puesto vacío en la cena.

COMENTARIO EE. Tarea 

Carlos, A fuego lento. Comentarios para Relato Breve | Marisa Mañana
Hola, Carlos:

En general, en este texto percibo un buen trabajo a nivel de redacción: tu discurso es más claro que en trabajos anteriores, llega con más nitidez, naturalidad y fluidez, y eso se agradece mucho a la hora de leer. En comparación con otros textos, donde la narración resultaba más confusa o
apelotonada, noto un salto cualitativo. Se nota que vas afinando en la escritura,
y eso hace que la escena respire mejor y que quienes te lean entren con más facilidad.
En cuanto a la construcción de la escena y del diálogo entre Cristóbal y Milena, las interacciones entre ambos son sugerentes; asistimos a la escena sabiendo lo que está pasando y, al mismo tiempo, con ganas de intervenir: decirle a Milena que no espere más, o a Cristóbal que dé un paso. Esa tensión no resuelta funciona bien, porque genera implicación.
   Es verdad que, si el tuyo fuera un relato más cerrado, haría falta una resolución, un cambio claro en alguno de los dos personajes. Pero tratándose de una escena que casi se sostiene por sí misma, funciona bien tal como está, Carlos,
precisamente por esa tensión abierta.
El hecho de que Cristóbal no se presente y envíe vino y flores me parece significativo como retrato y como actitud del personaje. Son elementos concretos que se dibujan bien en la mente de quienes te lean, ya que el vino
tiene forma, color, sabor; y las flores, forma y olor. Además, son objetos cargados de sentido, pues caracterizan tanto a los personajes como la relación que mantienen, y remiten, a su vez, al flirteo, a la seducción, al agasajo.
También hay otros elementos visuales que funcionan bien, como el hecho de que Milena esté en la tienda de frutas o que el dependiente perciba que no
está ahí solo para comprar. La presencia de terceros personajes es un acierto, Carlos. Además del dependiente, está Pedro. Con esos terceros personajes que
observan, la escena gana en credibilidad. Y más aún cuando Pedro dice:
“siempre tienes cosas que te distraen de asumirlas y resolverlas, hombre”, porque está verbalizando lo que pensamos —y probablemente también lo que
Milena piensa o teme.
Por otro lado, la construcción de Cristóbal es sugestiva porque deja abiertas varias posibilidades: que no esté interesado, que sí lo esté pero no se atreva, o que juegue a no decir nada. Esa ambigüedad sostiene muy bien la tensión del texto. El título, “A fuego lento”, puede despistar un poco porque parece prometer una evolución más clara o una resolución más definida, pero también
funciona como contrapunto a lo que finalmente ocurre, y eso le da un matiz interesante.
Con este texto en concreto, puedes considerar las posibles resoluciones si decides cerrar más el relato. Vas en buena dirección. Y en conjunto, ese salto que has dado en la claridad, la fluidez y la puntuación, así como en la
capacidad de hacer visibles las escenas es estupendo. Si a eso le sumas el trabajo con la tensión, tus trabajos serán aún mejores, Carlos.
Marisa Mañana. 26.05.05

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