La promesa del reencuentro



La promesa del reencuentro

Su padre le había dicho, un mes después de haber ido a visitar a su madre, que debía volver a viajar a verla porque ella estaba muy enferma. No pudo explicarle más ni decirle la verdad. En aquel mes anterior, la emoción del encuentro con ella no le dejó espacio para mayores detalles diferentes a los que, en su temprana edad de quinceañero, no podia distinguir con precisión: entre los signos de vida, que conservaba, y los de la muerte, que no imaginaba llegarán a suceder con el ser más querido.
    Para ese viaje repentino, le llevaría un ramo de rosas rojas y de margaritas amarillas, las que cultivada en el  jardin de su casa. Las tenía vistas en el cuadro del estante principal de la floristería de su amiga, quien era experta en la simbología de las flores, los colores y los afectos. Estaban reservadas para tenerlas a disposición en el ligero equipaje de  su próxima visita. Pensó  que ofrendárle las flores a su madre sería la mejor forma de celebrar el reencuentro. Decidió llevar el ramo bien envuelto y cuidado con especial ternura durante el trayecto, para que sus flores no se estropearan y marchitaran, y llegaran radiantes sus pétalos. Se las entregaría con las más profundas expresiones de su inmenso amor filial de hijo. Había llegado el momento de expresarlo con las margaritas, de amarillo con blanco, los colores distintivos de su único y exclusivo estandarte religioso y monacal. 
    Durante el viaje, recordó el último encuentro, cuando ella le repetía que uno debe guiarse por la virtud y las buenas acciones. Ser un buen ejemplo y tener mucha vida espiritual. También recordó que siempre lo trataba con la mayor ternura y lo llamaba "mi muchacho", cada vez que debía corregirlo o darle un consejo o exaltarlo. Solía llevarlo a misa los domingos y le preparó su primera comunión con esmero, aunque sabía que él no le prestaba demasiada atención a esas celebraciones. Él, en cambio, esperaba con ansias la del festejo de las calificaciones de cada mes, cuando sus excelentes notas le permitían mostrárselas con orgullo, buscando su mirada de aprobación y regocijo. Con el tiempo, había aprendido que la mejor manera de protegerse de las malas notas en conducta, era destacarse en las demás materias. Lo llegaron a  llamar capitán relajo, pues mientras se desarrollaban las clases y las habia comprendido, no hacía mas que hacer distracciones con los aviones de papel, que armaba y lanzaba de recreo a sus compañeros de aula. A propósito de aquella época y de su trato de su madre con el, trajo a su memoria la vez que, sentado en el pupitre bipersonal, su compañero de asiento le puso verticalmente un lápiz, que sostenía con su mano antes de sentarse. Él salió por fortuna bien librado y reaccionó de inmediato con una bofetada tan fuerte que le rompió el labio inferior y lo hizo gritar de dolor. Se abrió un proceso disciplinario y le impusieron matrícula condicional. No lo expulsaron gracias a sus altas calificaciones. Fue entonces cuando comprendió el valor de las notas, aunque el estudio ya era para él un gran entretenimiento por el placer de saber y aprender.

Su madre lo apoyó, pero también lo amonestó: le explicó que una cosa era hacer justicia y otra muy distinta pretender hacerla por sus propias manos. En sus cartas manuscritas al joven quinceañero, le hablaba de los grandes misterios y de su congregación religiosa, en la que por su deshaucio espiritual y corporal, se internó para hacer los respectivos votos de feligresía. Le decía en un imaginario que a duras penas comprendía, que llegaría el día en que todos los seres queridos, ya fallecidos y en paz, volverían a encontrarse iluminados, después de haber cumplido bien con la ley del destino del karma.

Cuando llegó e iba por el sendero a un costado del cementerio, que se interponía en el camino, venian unas hermanas de la congregación, las que le preguntaron si era el hijo de la finada. Le dijeron al acompañarlo a la tumba que lo habían esperado hasta el último momento, pero que tuvieron que enterrarla. Ante semejante noticia, sintió que se volcaba y la tierra de la montaña se le venía encima, que todo su peso lo aplastaba. Supo, en ese instante, que un temblor y un dolor profundo lo acompañarían hasta sus últimos dias por siempre. No tuvo más que buscar su tumba en la tierra recien removida, y esparcir, pétalo a pétalo las margaritas, formando una cruz sobre la tierra recién removida de la montaña.

Luego se dirigió a la casa donde ella vivía desde que acudió a la hermandad religiosa, buscando el remedio espiritual y corporal que necesitaba, pues había quedado desahuciada por los médicos dada una grave enfermedad de leucemia y un dolor muy profundo en el alma. Allí, la pareja de ancianos religiosos, con la que convivía y compartia sus votos de castidad, oración, penitencia, obediencia y pobreza, fase final del karma, le ofrecieron consuelo y le dijeron que ella lo había pagado por completo, según lo bien hecho y en cumplimiento de la ley del destino. La que reencarnaria en un espíritu más elevado, y que desde el cielo los estaría esperando. 
    Desde entonces, en sus oraciones y hasta sus últimos días, no hizo más que implorar la promesa, y de vez en cuando, tararear el adios a la dulce madre del Intermezzo de Luis Antonio Calvo. Con el tiempo, se le hizo costumbre visitar de seguido la tumba de los seres más queridos, incluida la suya propia, pidiendo el cumplimiento de la promesa del reencuentro.

Carlos Capcast,Taller 10 Relato breve EE. 03, 26. Final circular del cuento 
.
.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Descivilización genocida

Merlina —Edit 1. 11, OFB León De Greiff. Unal Bogotá. 25

Cuentos del cuento. Selección de extractos. "Cuentos que me apasionaron". Ernesto, Sabato 99. —Taller capcast, abreviatura.