La promesa del reencuentro

La promesa del reencuentro

Su padre le dijo, un mes después de haber ido a visitarla:

—Mijo, debes volver a viajar a ver a tu madre porque está muy enferma.—No pudo explicarle más ni decirle la verdad. En aquel mes anterior, la emoción del encuentro del hijo con su madre había sido grande. Él, dijo justificándose:

—A mi temprana edad, apenas distinguía los signos de vida que ella aún conservaba. Los de la muerte, no los podía imaginar que se le llegarían a presentar—A los cuarenta y pico de años de ella, creyó que la hinchazón y el color amarillo de su cuerpo eran pasajeros y curables.
    Para ese viaje repentino, le llevaría un ramo de rosas rojas y de margaritas amarillas, que cultivaba en el jardín de su casa. Las tenía vistas en el cuadro de pintura que le regaló a su querida amiga, quien era experta en la simbología de las flores, los colores y los afectos. Pensó, atendiendo la recomendación de su amiga, que ofrendarle las flores a su madre sería la mejor forma de celebrar el reencuentro.
   —Me había llegado el momento de expresárselo con rosas y margaritas de amarillo con blanco, los colores distintivos de su único y exclusivo estandarte religioso, el que tenía la señal de la cruz y vivas a la paz— dijo.
   Durante el viaje, recordó que su madre le repetía que uno debe guiarse por la virtud y las buenas acciones. Le decía:
—Mijo, uno debe ser un buen ejemplo y tener mucha vida espiritual—esto último cumplido a medias por él, su hijo, quien también recordó que siempre lo trataba con la mayor ternura y lo llamaba "mi muchacho". 
—"Cada vez que debía corregirme o darme un consejo o felicitarme, me decía mi muchacho. Solía llevarme a misa los domingos y la primera comunión me la preparó con esmero, aunque sabía que yo no le prestaba demasiada atención a esas celebraciones y apenas oraba el Padre Nuestro y el Avemaría al despertarme"—dijo.
También, expresó que: "esperaba con ansias la ceremonia de las calificaciones de cada mes, cuando con excelentes notas, menos en disciplina, que era apenas regularcito, me permitían mostrárselas con orgullo. "Con el tiempo, aprenderas que la mejor manera de protegerme de las malas notas es destacarse en las demás materias. Mi muchacho". dijo

    Lo llegaron a llamar capitán relajo, pues mientras se desarrollaban las clases y las había comprendido, no hacía más que hacer distracciones con los aviones de papel, los que lanzaba de recreo a sus compañeros de aula. Fue cuando, en un pupitre bipersonal, su compañero le puso en el asiento un lápiz sostenido en su mano en forma vertical. Salió, por fortuna, bien librado y reaccionó de inmediato con una bofetada tan fuerte que le rompió el labio inferior y lo hizo gritar de dolor. Se abrió un proceso disciplinario y le impusieron matrícula condicional. No lo expulsaron gracias a sus altas calificaciones—Ay mi muchacho— Ahí fue cuando comprendió el valor de las notas, aunque observó que el estudio ya de por sí le era de gran entretenimiento, por el solo placer de saber y aprender a hacer y vivir.

Su madre lo apoyaba, pero también lo amonestaba: 

—Mi muchacho, una cosa es hacer justicia y otra muy distinta pretender hacerla por sus propias manos"—Él, comentó que: "En sus cartas manuscritas al joven quinceañero que era él, le hablaba de los grandes misterios y de su congregación religiosa, en la que, por su desahucio espiritual y corporal certificado por los médicos, se internó para hacer los respectivos votos de feligresía, incluida la penitencia de subir de rodillas por el camino de piedras al templo donde oraba, redimiendo su vieja vocación de monja". 

Le decía, en un imaginario que a duras penas comprendía: 

—Llegará el día en que todos los seres ya fallecidos y en paz, volverán a encontrarse iluminados, después de haber cumplido bien con la ley del destino, según su "karma".
   Era todo lo que recordaba y repasaba de su viaje, cuando iba por el sendero a un costado del cementerio, que se interponía en el camino. Venían unas hermanas de la congregación, que le preguntaron si era el hijo de la finada. Le dijeron al acompañarlo a la tumba: 

"Lo esperamos hasta el último momento, por lo que tuvimos que enterrarla". Ante semejante noticia, sintió que la tierra se le venía encima con todo el peso de la montaña, la que se iría después a derrumbar. Supo, en ese instante, que un temblor y un dolor profundo lo acompañarían por siempre hasta sus últimos días. No tuvo más que buscar su tumba en la tierra recién removida, separar y esparcir pétalo a pétalo  las margaritas, formando una cruz sobre la tierra recién removida. Luego se dirigió él a la casa donde ella vivía desde que acudió a la hermandad religiosa. En la hermandad buscaba el remedio espiritual, afectivo y corporal que necesitaba, pues había quedado desahuciada por una grave enfermedad crónica, que sin remedios diferentes al bálsamo de agua no era posible por sí sola curarla, y a la que se sumaba un dolor muy profundo en el alma.  Allí, la pareja de ancianos religiosos con la que convivía y compartía sus votos de castidad, oración, penitencia, obediencia y pobreza, fase final de redención que le ofreció consuelo, le dijeron:

—Ella ha pagado por completo su karma, según lo bien hecho y en cumplimiento de la ley del destino. Reencarnará en un espíritu más elevado, y según su voluntad desde el cielo los estará esperando. —Desde entonces, en sus oraciones y hasta sus últimos días la invocaba y, de vez en cuando, tarareaba el adiós a la dulce madre del Intermezzo colombiano de Luis Antonio Calvo. Con el tiempo, se le hizo costumbre visitar de seguido la tumba de los seres más queridos, incluida la de ella y la suya, pidiendo en su deambular el cumplimiento de la promesa del reencuentro.

Carlos Capcast, Taller 10, Relato breve. Escuela de Escritores 

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