La aventura de viajar en globo
La aventura de viajar en globo
Sabía que una aventura que debía tener en la vida es montarse en un globo y vencer el miedo de estar navegando en su interior, guiado por el fuego dinamizador del vuelo y hacia donde el aire lleve. El miedo que lo había invadido con fuerza, después de haberse presentado un reciente accidente mortal por fallas meteorológicas, y según lo reportado en las noticias de la época en las que además mencionaban las otras causas relacionadas con incendios en el vuelo por la combustión de fuego, colisiones con líneas de alta tensión atravesadas, caídas abruptas por fallas técnicas, incluidas las meteorológicas por tempestades y borrascas, el naufragio al estar cruzando el mar, o las salidas abruptas de la cesta con sus correspondientes crónicas y narrativas.
Desde hacía algún tiempo era consciente de que su vida necesitaba aventuras que fueran una fantasía; más allá del atractivo turístico y del susto inicial que se tuviera. Estaba acostumbrado a ver la tierra desde lo alto a velocidad crucero de avión —de 850 a 950 km/h— y ahora se trataba de volar casi a la velocidad del caminar a paso lento. A la deriva de las corrientes de aire que se presentaran, algo que lo perturbaba, viendo y disfrutando el paisaje por un trayecto que es demasiado breve y que le hacía contener la respiración. Si antes sentía vacíos en el estómago y escalofríos al tomar un vuelo, ahora no sabía, en medio de su miedo, qué otras emociones iba a poder tener. Frente a la fantasía tenía sus reservas, pues a estas horas de la vida consideraba que casi todas las emociones y sueños ya estaban, supuestamente, vividos. Se decidió a hacerlo, se armó de valor para controlar su miedo, y optó por el renombrado viaje en alguno de los globos de Capadocia: un viaje de fugaces e inolvidables treinta minutos, suspendido en el aire, dispuesto a sentir la brisa y a vivir en cámara lenta hacia donde la corriente quiera y el ensueño lo acompañe. Por lo demás, le repitieron especialmente que era una de las experiencias que toda persona debía vivir; que los accidentes letales son muy escasos, y que tendría que estar muy de malas para que le sucediera.
En tierra, vió que los operadores empiezan a primera hora del amanecer a inflar el globo a fogonazos. Cuando le han llenado su regazo, alistan el ingreso a una cesta que tiene el tamaño de la platón de una camioneta grande que lo espera. Metido en la canasta del globo, que se extiende al interior de su enorme y profundo vientre hasta la corona de su envoltura multicolor, una vez iniciada la marcha no hay camino atrás: va a ser embrujado por la fantasía que flota en cámara lenta, como si vivieras un ensueño y caminaras por las alturas de las nubes impulsado por el quemador, al vaivén del aire apacible y «a donde la corriente quiera», lo que no dejaba de preocuparse.
En la distancia va la avanzada de la primera flotilla de globos aerostáticos. Flotan lentamente en el aire, moviéndose suave entre las nubes y recorriendo un paisaje surrealista y colorido, donde los globos parecen danzar en la calma de la mañana, y uno que otro globo aparece acercándose hasta tropezar con un toque que tambalea y hace alborotar nuevamente el miedo. Son los viajeros que llegaron en las primeras horas de la madrugada, aún ennochecida, dispuestos a flotar con el sol de las primeras horas radiantes. Todos alistados para bordear con movimientos lentos los picos de la agreste cadena montañosa. Suspendidos en el aire libre, como si estuvieran viajando en un ensueño surrealista, cruzan las «chimeneas de hadas», como se conocen, y ven en sus costados una paleta de múltiples colores, mientras contemplan el horizonte y sienten cómo se entrelazan el susurro del viento y la naturaleza, rozando el cuerpo, el rostro, los brazos y los labios. En conexión con la naturaleza y la fantasía, el asombro visual lo invade en medio de la serenidad del vuelo, y así el miedo se le fue embolatando y yendo, aflojando la fuerza con la que tenía agarrado un borde de la cesta.
—Bye, bye. A soltar amarres, a flotar —dijo el capitán del vuelo con el que concentró por un buen rato su atención. Subiendo poco a poco hacia el cielo y en cámara lenta, mirando abajo donde estaba y, asombrado, ver el piso que fue su apoyo en tierra firme. Paisaje palmo a palmo, paso a paso, foto a foto, nada veloz y hacia donde la corriente del aire quiera. Solo subir y bajar, con la bien medida bocanada del quemador, su fuego y combustión hacia el vientre del globo.
Disipando el miedo, decide confiar en las manos y destrezas del piloto —quien da alturas y sentido a las corrientes de aire, aquellas que no siempre son apacibles—, observa cómo controla la dirección y la altitud del globo. Cómo lee, entiende y se orienta en las corrientes de aire: son sus funciones. Y en su seguridad, alegría y destreza, pilotea y grita lleno de júbilo: «¡¡¡Capadocia, Capadocia!!!». Todo un capitán de navío de un globo majestuoso que finalmente aterrizará en el platón de una camioneta, y que es recibido en una mesa engalanada con mantel y champán, donde le entregan un bello e inolvidable video en vivo de la extraordinaria aventura a la que no le faltaron los encuentros y las despedidas, los juramentos y reafirmaciones de amor, y la certificación con nombre propio de tu vuelo, el que se seguirá repitiendo indefinidamente en la imaginación durante el curso del resto de su vida.
Ya en tierra, sintió que seguía en el globo, y fue cuando comprendió lo que era estar y sentirse englobado y sin miedo para disfrutar la aventura.
Según las noticias, los accidentes mortales en globos aerostáticos suelen involucrar incendios en vuelo, colisiones con líneas de alta tensión o caídas abruptas por fallas técnicas o meteorológicas, resultando en caídas libres de la canasta. Eventos recientes (2025-2026) en Brasil y Turquía muestran incendios en la estructura y aterrizajes forzosos fatales.
Sabía que una aventura que debía tener en la vida es montarse en un globo y vencer el miedo de estar navegando en su interior, guiado por el fuego dinamizador del vuelo y hacia donde el aire lleve. El miedo que lo había invadido con fuerza, después de haberse presentado un reciente accidente mortal por fallas meteorológicas, y según lo reportado en las noticias de la época en las que además mencionaban las otras causas relacionadas con incendios en el vuelo por la combustión de fuego, colisiones con líneas de alta tensión atravesadas, caídas abruptas por fallas técnicas, incluidas las meteorológicas por tempestades y borrascas, el naufragio al estar cruzando el mar, o las salidas abruptas de la cesta con sus correspondientes crónicas y narrativas.
Desde hacía algún tiempo era consciente de que su vida necesitaba aventuras que fueran una fantasía; más allá del atractivo turístico y del susto inicial que se tuviera. Estaba acostumbrado a ver la tierra desde lo alto a velocidad crucero de avión —de 850 a 950 km/h— y ahora se trataba de volar casi a la velocidad del caminar a paso lento. A la deriva de las corrientes de aire que se presentaran, algo que lo perturbaba, viendo y disfrutando el paisaje por un trayecto que es demasiado breve y que le hacía contener la respiración. Si antes sentía vacíos en el estómago y escalofríos al tomar un vuelo, ahora no sabía, en medio de su miedo, qué otras emociones iba a poder tener. Frente a la fantasía tenía sus reservas, pues a estas horas de la vida consideraba que casi todas las emociones y sueños ya estaban, supuestamente, vividos. Se decidió a hacerlo, se armó de valor para controlar su miedo, y optó por el renombrado viaje en alguno de los globos de Capadocia: un viaje de fugaces e inolvidables treinta minutos, suspendido en el aire, dispuesto a sentir la brisa y a vivir en cámara lenta hacia donde la corriente quiera y el ensueño lo acompañe. Por lo demás, le repitieron especialmente que era una de las experiencias que toda persona debía vivir; que los accidentes letales son muy escasos, y que tendría que estar muy de malas para que le sucediera.
En tierra, vió que los operadores empiezan a primera hora del amanecer a inflar el globo a fogonazos. Cuando le han llenado su regazo, alistan el ingreso a una cesta que tiene el tamaño de la platón de una camioneta grande que lo espera. Metido en la canasta del globo, que se extiende al interior de su enorme y profundo vientre hasta la corona de su envoltura multicolor, una vez iniciada la marcha no hay camino atrás: va a ser embrujado por la fantasía que flota en cámara lenta, como si vivieras un ensueño y caminaras por las alturas de las nubes impulsado por el quemador, al vaivén del aire apacible y «a donde la corriente quiera», lo que no dejaba de preocuparse.
Cursando palmo a palmo y a paso lento entre las nubes, mirando abajo los riscos de las montañas escarpadas, volando apacible como un cóndor.
En la distancia va la avanzada de la primera flotilla de globos aerostáticos. Flotan lentamente en el aire, moviéndose suave entre las nubes y recorriendo un paisaje surrealista y colorido, donde los globos parecen danzar en la calma de la mañana, y uno que otro globo aparece acercándose hasta tropezar con un toque que tambalea y hace alborotar nuevamente el miedo. Son los viajeros que llegaron en las primeras horas de la madrugada, aún ennochecida, dispuestos a flotar con el sol de las primeras horas radiantes. Todos alistados para bordear con movimientos lentos los picos de la agreste cadena montañosa. Suspendidos en el aire libre, como si estuvieran viajando en un ensueño surrealista, cruzan las «chimeneas de hadas», como se conocen, y ven en sus costados una paleta de múltiples colores, mientras contemplan el horizonte y sienten cómo se entrelazan el susurro del viento y la naturaleza, rozando el cuerpo, el rostro, los brazos y los labios. En conexión con la naturaleza y la fantasía, el asombro visual lo invade en medio de la serenidad del vuelo, y así el miedo se le fue embolatando y yendo, aflojando la fuerza con la que tenía agarrado un borde de la cesta.
—Bye, bye. A soltar amarres, a flotar —dijo el capitán del vuelo con el que concentró por un buen rato su atención. Subiendo poco a poco hacia el cielo y en cámara lenta, mirando abajo donde estaba y, asombrado, ver el piso que fue su apoyo en tierra firme. Paisaje palmo a palmo, paso a paso, foto a foto, nada veloz y hacia donde la corriente del aire quiera. Solo subir y bajar, con la bien medida bocanada del quemador, su fuego y combustión hacia el vientre del globo.
Disipando el miedo, decide confiar en las manos y destrezas del piloto —quien da alturas y sentido a las corrientes de aire, aquellas que no siempre son apacibles—, observa cómo controla la dirección y la altitud del globo. Cómo lee, entiende y se orienta en las corrientes de aire: son sus funciones. Y en su seguridad, alegría y destreza, pilotea y grita lleno de júbilo: «¡¡¡Capadocia, Capadocia!!!». Todo un capitán de navío de un globo majestuoso que finalmente aterrizará en el platón de una camioneta, y que es recibido en una mesa engalanada con mantel y champán, donde le entregan un bello e inolvidable video en vivo de la extraordinaria aventura a la que no le faltaron los encuentros y las despedidas, los juramentos y reafirmaciones de amor, y la certificación con nombre propio de tu vuelo, el que se seguirá repitiendo indefinidamente en la imaginación durante el curso del resto de su vida.
Ya en tierra, sintió que seguía en el globo, y fue cuando comprendió lo que era estar y sentirse englobado y sin miedo para disfrutar la aventura.
Según las noticias, los accidentes mortales en globos aerostáticos suelen involucrar incendios en vuelo, colisiones con líneas de alta tensión o caídas abruptas por fallas técnicas o meteorológicas, resultando en caídas libres de la canasta. Eventos recientes (2025-2026) en Brasil y Turquía muestran incendios en la estructura y aterrizajes forzosos fatales.
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