Aventura
Aventura
—Bye, bye. A soltar amarres, a flotar —dijo el capitán del vuelo con el que concentró por un buen rato su atención y quien preguntó si estábamos felices. Tirando la cuerda, subiendo poco a poco hacia el cielo y en cámara lenta, mirando abajo donde estaba y, asombrado, vio el piso que fue su apoyo en tierra y firme. Paisaje foto a foto, viaje nada veloz y hacia donde la corriente del aire quiera—su preocupación. Solo subir y bajar, con la bien medida bocanada del quemador, su fuego y combustión hacia el vientre del globo.
Para disipar el miedo, decide entonces concentrarse y confiar en las destrezas del piloto—quien da alturas y sentido a las corrientes de aire, aquellas que no siempre son apacibles—. Observa cómo controla la dirección y la altitud del globo. Cómo lee, entiende y se orienta en las corrientes de aire. Grita lleno de júbilo: «¡¡¡Capadocia, Capadocia!!!». Todo un capitán de navío en un globo majestuoso que finalmente aterrizará en el platón de una camioneta.
Comentarios.
La noche anterior tuvo desvelo. No podia dormirse al pensar que al amanecer saldría a viajar en globo, lleno de miedo. Sabía que una aventura que se debe tener en la vida es la de navegar en globo, venciendo el miedo y atreverse a vivir la fantasía. Era todo un reto. Guiado por el fuego dinamizador del vuelo, "hacia donde la corriente del aire quiera"; estando con miedo volverse contemplativo era todo un reto.
La noticia reciente del accidente mortal de un globo por fallas meteorológicas de una borrasca tempestuosa lo había perturbado—Esta vez no fue por una combustión de fuego, una colisión con línea de alta tensión atravesada, unas caídas abruptas por fallas técnicas, o meteorológicas por tempestades y borrascas; el naufragio al estar cruzando el mar a la deriva, con las salidas abruptas de la cesta. Circunstancias que estudió y recordaba en crónicas y narrativas. Era de esperarse, le aumentaba sus temores, cualquier movimiento extraño y abrupto le desatada el pánico. El miedo lo había invadido con fuerza y no sabia como vencerlo. Sudaba y temblaba, "se le dificultaba respirar, la boca se le secaba y los músculos se le tensaban".
No obstante, su decision era que su vida necesitaba aventura, más allá del atractivo turístico y del susto inicial que tuviera. Estaba acostumbrado a ver la tierra desde lo alto a velocidad crucero de avión —de 850 a 950 km/h—. Ahora se trataba de volar casi a la velocidad del caminar a paso lento; a la deriva de las corrientes de aire —que lo perturbaban—, viendo el paisaje por un trayecto demasiado breve y que le hizo contener la respiración, aspirando fuerte y agarrándose con los bordes de la canasta del globo.
Si antes sentía vacíos en el estómago y escalofríos al tomar un vuelo, ahora pensaba que debía armarse de coraje para montarse en el globo. Vivir el supuesto sueño, pues frente a la fantasía tenía sus reservas. A estas horas de la vida consideraba que casi todas las emociones y sueños ya estaban inventados y vividos . Habia decidido reprimir su miedo, y optó por el renombrado viaje de los globos de Capadocia: un viaje de fugaces e inolvidables treinta minutos, que lo suspende en el aire y con su brisa es acariciado, viviéndo el ensueño en cámara lenta. Como se dijo, era algo que se debía vivir y no se perdonaría si no lo hiciera. Por demás, le habian hecho saber que los accidentes letales son muy escasos, y que tendría que estar muy de malas para que le sucediera.
En tierra, vió que los operadores a primera hora del amanecer inflaban el globo a fogonazos hasta llenar su regazo y alistar el ingreso en una canasta, que tiene el tamaño de la platón de una camioneta grande que los espera. Al entrar en la canasta del globo, se le volvió a intensificar el miedo y esta vez casi se orina. Metido en su enorme y profundo vientre, hasta la corona de envoltura multicolor, salió casi mojado y despistado.
Una vez iniciada la marcha no hay camino atrás, y el miedo se irá a disipar embrujado por la fantasía. Como si viviera un ensueño y estuviera caminando por las nubes, al vaivén del aire apacible y «a donde la corriente quiera» —lo que no dejaba de preocuparlo—. A paso lento entre las nubes. Mirando abajo los riscos de las montañas escarpadas, volando apacible como un cóndor de los Andes.
En sus distracciones miraba a la distancia la primera flotilla de globos aerostáticos, que flotan moviéndose suave entre las nubes. Recorriendo un paisaje surrealista y muy colorido; en que los globos parecen danzar en plena calma, y uno que otro aparece acercándose— lo que le hace contener la respiración al pensar que puede tropezar y alborotarle nuevamente el miedo.
Son los viajeros que llegaron en las horas de la madrugada, dispuestos a flotar con el sol de las primeras horas radiantes. Todos bordeando los picos de la agreste cadena montañosa. Suspendido en el aire como si estuvieran viajando en un ensueño surrealista, cruzando las «chimeneas de hadas», como se conocen, y ver en sus costados una paleta de múltiples colores y aristas. Contempla el horizonte y siente cómo se entrelazan el susurro del viento y la naturaleza, rozando el cuerpo, el rostro, los brazos y los labios. En conexión con la naturaleza y la fantasía, el miedo así se le fue embolatando y yendo. Aflojando la fuerza con la que tenía agarrado un borde de la cesta estiró sus brazos y abrió sus manos, las que durante todo el viaje tenía en puño cerrado y los dientes apretados.
—Bye, bye. A soltar amarres, a flotar —dijo el capitán del vuelo con el que concentró por un buen rato su atención y quien preguntó si estábamos felices. Tirando la cuerda, subiendo poco a poco hacia el cielo y en cámara lenta, mirando abajo donde estaba y, asombrado, vio el piso que fue su apoyo en tierra y firme. Paisaje foto a foto, viaje nada veloz y hacia donde la corriente del aire quiera—su preocupación. Solo subir y bajar, con la bien medida bocanada del quemador, su fuego y combustión hacia el vientre del globo.
Para disipar el miedo, decide entonces concentrarse y confiar en las destrezas del piloto—quien da alturas y sentido a las corrientes de aire, aquellas que no siempre son apacibles—. Observa cómo controla la dirección y la altitud del globo. Cómo lee, entiende y se orienta en las corrientes de aire. Grita lleno de júbilo: «¡¡¡Capadocia, Capadocia!!!». Todo un capitán de navío en un globo majestuoso que finalmente aterrizará en el platón de una camioneta.
—Hola amiga como te has sentido? —Sigo con susto y la respiración contenida, le respondió.
—No hago más que tomar fotos y apretar las piernas—contestó el otro.
Al terminar el viaje es recibido en una mesa engalanada con mantel y champán, y le entregan un bello e inolvidable video en vivo de la extraordinaria aventura a la que no le faltaron los encuentros y las despedidas, los juramentos y reafirmaciones de amor, y la certificación con nombre propio del vuelo. El que se seguirá repitiendo indefinidamente en la imaginación, durante el curso del resto de su vida.
Ya en tierra, sintió que seguía en el globo. Fue cuando comprendió lo que era estar y sentirse englobado, sin miedo para vivir y disfrutando la aventura.
Comentarios.
Comentarios
Publicar un comentario