Mediador
Mediador
Se levantó a primera hora, dobló las piernas, estiró los pies y se santiguó, como cada mañana. El frío que se extendía por su cuerpo era intenso y lo despertaba con el insomnio previo. El sol por la endija irradiaba sus primeros destellos, dando señales de un buen presagio. En la habitación apenas se filtraba la luz por la cortina y afuera, el ruido de los automotores con su hollín, contrastaba por el trinar mañanero de los pájaros que anunciaban un buen día. Deseaba que con el amanecer no llegara consigo los infaltables asaltos bancarios; motines carcelarios o desalojos forzados de vendedores ambulantes, intentos de exterminio a personas explotadas, o asuntos del mínimo vital o renta básica: Eran parte destacada de la miscelánea de problemas que atendía por oficio en esos tiempos, los que consideraba, podría seguir sorteándolos con éxito.
Estaba inmerso en las actuaciones que le esperaban. Era tal su ensimismamiento, que a veces no sabía si se vestía y actuaba de manera apropiada para el trajín que lo esperaba. Incluso si había comido y bebido, lo que pasaba por alto. Bien recordaba aquella primera vez, cuando lo llamaron con urgencia. Debía mediar en un asalto bancario y como por un tobogán llegó al lugar, poniendo a prueba su integridad y el desempeño en algo sin antecedentes y ejercicios personales en la materia. Siempre una primera vez y una siguiente.
Cuando llegó el nuevo llamado, el peso de la responsabilidad cayó precipitado sobre él. Un frío más penetrante que el del mismo ambiente le caló hasta los huesos y le congeló las fuerzas. Así, de repente, se supo en el centro de una negociación y quedó de inmediato reactivado y a la orden.
Cada gesto, cada palabra y cada acto podía alterar el curso de los hechos —aún sin quererlo—. Se sentía como un actor atrapado en un papel con final incierto, obligado a moverse bajo miradas ansiosas y asustadas. Sabía, no obstante, que contaba con un exitoso antecedente, con la aceptación de las partes, requisito indispensable, y con las oraciones prolongadas en medio del asalto—que le podían infundir la seguridad necesaria. Su propósito era lograr un resultado que fuera a satisfacción, y quizá de gratitud por el deber cumplido y haber hecho una buena actuacion institucional.
Él respondió con voz contenida y mirada firme que no debían preocuparse: estaba allí para evitar mayores daños, para proteger tanto a víctimas como a victimarios, y especialmente hacer posible una entrega voluntaria que fuera atenuante.
Respiró hondo, repasó otras mediaciones bien logradas y tomó impulso. Su función era clara: desescalar el conflicto, escuchar y mediar, facilitando la buena conversación que viabilizara la entrega.
La situación se mantenía al límite: el sudor frío resbalaba por los rostros y se colaba bajo la ropa. Las armas estaban en manos temblorosas que parecían dudar del acto intrépido y doloso. La ansiedad por un buen descenlace le hacía sentir que le golpeaba la espalda un viento helado. Cada palabra meditada, cada silencio oportuno, se convirtieron en un voto a favor de la integridad de quienes estaban allí. Las miradas de desconcierto y el mudo temor aún saturaban el aire. El tiempo transcurría con lentitud agobiante, como si todo pendiera de un hilo, hasta que de un momento a otro se precipitó la situación y los asaltantes ya agotados entraron en razón y pacíficamente entregaron las armas, liberaron a los rehenes, se entregaron a las autoridades y el sol iluminó todo el lugar. Sintió que la gravedad de lo vivido se desvanecía de golpe, y una ligereza extraña lo invadió, como si empezara a flotar. Su respiración, hasta entonces contenida a bocanadas, volvió a la calma. La satisfacción del deber cumplido y las miradas de gratitud de los cautivos fueron un incentivo poderoso y un horizonte esperanzador.
Lo demás quedó en el registro breve y fugaz de la prensa, la radio y la televisión. Medios que, sin haber estado presentes, ahondaron en detalles que no se presentaron e incluso sugirieron que todo había sido un embuste. No faltaron, eso sí, las recomendaciones de protocolos para la debida atención y garantías de los rehenes, asaltantes y mediadores. Llegaron a proponer chalecos antibalas para los asaltantes y para todos. Incluso, se habló de presuntos contubernios para futuros planes delictivos...
Expresaban miedo en sus miradas.”
¿Cómo se ve el miedo?
¿Abrían mucho los ojos? ¿Parpadeaban sin cesar? ¿Evitaban mirar de frente? ¿Se les humedecían las pestañas? ¿Se les quedaba la pupila fija en un punto?“Esperaban ansiosas su liberación.”
¿Qué hace un cuerpo ansioso?
¿Se agarraban fuerte entre ellos? ¿Se mordían las uñas? ¿Movían la pierna sin parar? ¿Preguntaban lo mismo una y otra vez?“Miraban con desconcierto su situación.”
¿Cómo se encarna el desconcierto?
¿Abrían la boca para hablar y la cerraban sin decir nada? ¿Fruncían el ceño? ¿Se llevaban la mano a la frente? ¿Se miraban entre sí buscando una explicación?“Actuaba un defensor mediador que les garantizaba su integridad física.”
¿Qué significa “garantizaba”?
¿Se colocaba físicamente entre ellos y el peligro? ¿Levantaba las manos en señal de calma? ¿Hablaba en voz baja y firme? ¿Sostenía la mirada del agresor sin parpadear?“Les ofrecía atenuantes.”
¿Cómo suena eso en una escena?
¿Decía: “Podemos explicarlo, no todo está perdido”? ¿Enumeraba circunstancias? ¿Consultaba unos papeles? ¿Modulaba el tono para suavizar la tensión?
Ya sabemos que la literatura no es cine, pero la pregunta clave que puedes hacerte siempre es la siguiente:
- Si esto fuera una película, ¿qué vería la cámara, Carlos?
- ¿Qué oiría?
- ¿Qué detalles físicos lo sostendrían?
Cuando sustituyes lo abstracto por acciones, gestos, sonidos, posturas, respiraciones, miradas, el texto gana fuerza inmediata. No porque explique más, sino porque muestra mejor.
Intenta revisar tu texto subrayando las palabras abstractas (miedo, ansiedad, desconcierto, integridad, tensión, esperanza…) y pregúntate en cada caso: ¿cómo se traduce esto en el cuerpo?
Ahí es donde el relato empieza a volverse verdaderamente visible.
También te digo: mi sugerencia es que dejes este relato como está y apliques estas ideas con el siguiente. Al final, por acumulación y por práctica, el músculo escritor seguirá creciendo.
Un abrazo. MM Escuela de Escritores.
Comentarios
Publicar un comentario