Maio Edit
Maio
"Es sobre un ser de otro mundo, un ser de la nada". Silvio Rodríguez, "Canción del elegido".
Su rostro aún no recobraba las características que le eran propias. Los ojos claros estaban bastante oscurecidos, su mirada extraviada y los labios apretados, tensionados por la rigidez. Sus dientes rastrillaban. El pensaba y vivía en su pasado.
"Es sobre un ser de otro mundo, un ser de la nada". Silvio Rodríguez, "Canción del elegido".
Su rostro aún no recobraba las características que le eran propias. Los ojos claros estaban bastante oscurecidos, su mirada extraviada y los labios apretados, tensionados por la rigidez. Sus dientes rastrillaban. El pensaba y vivía en su pasado.
—"Hola, Maio, te noto ido" —le dijo Manolo, uno de sus amigos de universidad y cuidadores de ocasión. Maio le respondió:
—"No me he doy cuenta". Siguió, abandonando sus estudios y aligerando sus pasos por el andén de huecos por todo lado, hasta que tropezó con uno de ellos, yéndose de golpe al piso, anunciando la caída letal de su existencia.
De Maio se supo que fue un ser que hizo la hazaña de regresar y hacer presente la repetición diaria y casi exacta de su pasado. Regresaba del pasado, recordando estar viviendo dia a dia con su madre ya fallecida, presencia que le evidenciaban sus sueños llevados a la vida diaria y en especial, las personas que tuvieran su nombre y apellido. A todos los trataba con afecto, como parientes allegados. En su vida adulta indagó los porqués en su mente. Y cansado de no encontrar la respuesta, quiso dejar de ser un perdedor de siempre, nunca derrotado...
"Maio era un niño muy sensible, poseedor de una personalidad que para la época y en su momento fue inédito. Más, en la difícil situación parroquial, con profundas rivalidades arraigadas en la mente de los jóvenes, las que no discutía ni pretendía sus espacios"—es lo que recuerdo, dijo Manolo haciendo recuerdo de Maio.
Se evidenció su transformación de su condición adulta a la de niño auxiliado de un tambor mental de hojalata, con el que se negaba la posibilidad de seguir creciendo.
—"No me he doy cuenta". Siguió, abandonando sus estudios y aligerando sus pasos por el andén de huecos por todo lado, hasta que tropezó con uno de ellos, yéndose de golpe al piso, anunciando la caída letal de su existencia.
De Maio se supo que fue un ser que hizo la hazaña de regresar y hacer presente la repetición diaria y casi exacta de su pasado. Regresaba del pasado, recordando estar viviendo dia a dia con su madre ya fallecida, presencia que le evidenciaban sus sueños llevados a la vida diaria y en especial, las personas que tuvieran su nombre y apellido. A todos los trataba con afecto, como parientes allegados. En su vida adulta indagó los porqués en su mente. Y cansado de no encontrar la respuesta, quiso dejar de ser un perdedor de siempre, nunca derrotado...
"Maio era un niño muy sensible, poseedor de una personalidad que para la época y en su momento fue inédito. Más, en la difícil situación parroquial, con profundas rivalidades arraigadas en la mente de los jóvenes, las que no discutía ni pretendía sus espacios"—es lo que recuerdo, dijo Manolo haciendo recuerdo de Maio.
Se evidenció su transformación de su condición adulta a la de niño auxiliado de un tambor mental de hojalata, con el que se negaba la posibilidad de seguir creciendo.
De seguido gateaba, balbuceaba sus palabras y recreaba sus gateos en sus sueños, engolosinado con sus juegos de niño. Se blindaba de ese mundo patas arriba que le fue tan extraño, donde la ansiedad y la angustia, la incertidumbre y la baja autoestima, le causaban daño. Cada vez se iba desmoronando, desvaneciendo, disolviendo, entregándose al piso.
Las preocupaciones le fueron constantes y lo abrumaban. Las palpitaciones se le aceleraban, sudaba y temblaba. A veces le era difícil respirar. No podía concentrarse, se irritaba y terminaba nuevamente embargado de su ensimismamiento.
Su terapeuta le enfatizaba:
"Debe hacerle frente a su angustia y desasosiego. No debe pensar tanto y amargarse; tiene que evitar que se deprima. Debe liberarse de los pensamientos que lo acosan. Tener iniciativa propia y saber hacer las cosas. Con astucia vivaz, resolviendo los problemas y sin dejarse llevar. Salir de ellos". Eso sí, le enfatizaba: "Tenía que ser astuto y avispado". Recomendaciones de un posible deber ser que tenía que repetir y repetir, sin poder ser apropiadas y servirle para nada. Él, en su paranoia diagnosticada, su genuina ingenuidad, su natural manera de ser sin malicia. Más, al no saber y comprender realmente qué, por qué, cómo resolverlo y hacerlo.
Las preocupaciones le fueron constantes y lo abrumaban. Las palpitaciones se le aceleraban, sudaba y temblaba. A veces le era difícil respirar. No podía concentrarse, se irritaba y terminaba nuevamente embargado de su ensimismamiento.
Su terapeuta le enfatizaba:
"Debe hacerle frente a su angustia y desasosiego. No debe pensar tanto y amargarse; tiene que evitar que se deprima. Debe liberarse de los pensamientos que lo acosan. Tener iniciativa propia y saber hacer las cosas. Con astucia vivaz, resolviendo los problemas y sin dejarse llevar. Salir de ellos". Eso sí, le enfatizaba: "Tenía que ser astuto y avispado". Recomendaciones de un posible deber ser que tenía que repetir y repetir, sin poder ser apropiadas y servirle para nada. Él, en su paranoia diagnosticada, su genuina ingenuidad, su natural manera de ser sin malicia. Más, al no saber y comprender realmente qué, por qué, cómo resolverlo y hacerlo.
Murió sin saber que se moría, tal como vivió sin saberlo. En una madrugada incierta, cayó de repente y amaneció tirado de bruces en el patio de su casa. La cabeza levemente herida y su cuerpo en el piso, totalmente estirado y desfallecido. Cuando se le volvió a ver, ya estaba acostadito en su cama mortuoria, con su rostro bondadoso, y bien tranquilo. Su cuerpo jóven embalsamado; con sus brazos cruzados y sus manos descansando en su pecho rumbo a la eternidad perpetua, mientras todo su cuerpo se volvía humo que escapaba por los pequeños orificios, y la ceniza, que no fue gusano, iba al agua familiar del río grande Magdalena.
Logró desentenderse de todo. Hasta de la última pastilla medicada. Se fue de bruces, precipitándose al piso por siempre, en medio de un cortejo de sentidos y afectuosos adioses, y algunos hasta pronto, por parte de sus familiares, vecinos y conocidos.
En su último cuento predilecto, incorregible, se dice que dijo: Sí, me convenció que no soy un grano de maíz. —¿Pero qué hago si no puedo convencer al gallinero que no soy un grano de maíz para que no me coman y me dejen tranquilo? —Lo repetía en chiste sonoro y de carcajada triste.
La noche de despedida
Dando las acostumbradas buenas noches, esta vez para dormirse por siempre, Maio notó que su cobija y la toalla estaba "cubierta de gusanos y cenizas", como si estuviera despidiéndose del todo en el curso del tiempo que infalible llega.
— "No, Maio, no puede ser, si la cobija y la toalla las dejé limpias, bien limpias. No puede ser" —dijo Marina, su madrastra y con la que convivía de hijastro.
—"Ahhh, ya entiendo" —fue su respuesta, por demás habitual. No había forma de hacerle saber que eran puras visiones.
—"Está bien"—me respondió. "Cúbrase con la manta, hace frío, Maio', le dijo Marina.
—"Está bien. Allá los espero", le respondió... Avanzada la madrugada y saliendo al baño, lo vi caído de bruces al suelo, con su frente cortada y ya desfallecido. Aterrada le dije a mi hijo, su hermanastro: "¡Mijo! ¡Maio, su hermano ha muerto!"
—"¿A dónde vamos?"—fue su respuesta. Estaba muy cansado y dormido, y el susto casi le provoca también un infarto.
—Yo salí corriendo angustiada, gritando y diciéndole a todos: "'¡Maio ha fallecido!'", dijo Marina.
Las anécdotas que lo recordaban a manera de epílogo en el funeral fueron:
—"Ayer me confesé en la iglesia de Lourdes con el padre".
—Sí... ¿y eso por qué?
—"Porque no tengo con quién conversar, no tengo amigos".
"A pie no paso el puente sin la pastilla medicada; mejor paso la avenida de alta velocidad a pie".
—Al fin paró un vehículo, se subió en él y pasó el puente sin pisarlo.
—Perdón, perdón. Me equivoqué, no era con usted.
—No hay cuidado —respondió, fue una pequeña confusión. No hay cuidado. No importa que al matarme se haya equivocado; lo disculpo, no hay porqué. No se preocupe.
—Y vos, tan joven, ¿qué haces andando con una viejita?
—Entonces, ¿qué hago, si ella es la que me quiere y comprende, no me separa y aleja, conversa conmigo y me cuida?
***
Comentarios tutora Marisa Mañana. Escuela de Escritores de Madrid.
Hola, Carlos.
Hay muchas maneras de contar una historia, y una de ellas —la que tú has elegido— consiste en construir un personaje a través de las voces de otros personajes. En tu caso, Maio aparece dibujado a través de lo que cuentan su
terapeuta, su amigo Manolo y Marina. Ese procedimiento narrativo funciona
bien porque permite que los lectores vayan reconstruyendo poco a poco quién
es el protagonista.
Además, tanto Manolo como el terapeuta cumplen una función interesante. Manolo aparece como amigo, alguien cercano a Maio, mientras que el terapeuta aporta otra mirada: la de alguien capaz de percibir cuáles son los
problemas que lo afectan. Entre esas dos perspectivas se va formando una imagen del personaje bastante rica.
Me gusta especialmente una característica que aparece varias veces y que termina definiendo muy bien a Maio: su incapacidad para ser feliz, o incluso
para estar tranquilo y a gusto. Ese rasgo va emergiendo a lo largo del texto sin que el narrador tenga que explicarlo directamente, y eso encaja muy bien con
el espíritu de la propuesta.
También hay un elemento literario interesante en tu relato: el contraste entre la vida angustiosa de Maio —marcada por el miedo y la inquietud— y el tono
relativamente frío y distante con el que está contada la historia. Ese contraste funciona bien y tiene potencial. Mi sugerencia sería incluso acentuarlo más:
mantener ese tono frío en la narración, pero permitir que en las acciones o en los gestos de Maio aparezcan situaciones más dramáticas. Contar algo muy
intenso con una voz narrativa contenida suele producir un efecto literario muy potente.
Por otro lado, hay algo que me alegra ver porque lo hemos comentado en otras
ocasiones: el uso de las sensaciones físicas para dibujar al personaje. Aquí lo haces muy bien. Aparece cuando Maio suda, cuando tiembla, o en esa imagen
tan potente en la que lo dibujas tumbado dentro del féretro. Esa escena tiene fuerza visual; casi se queda grabada como una imagen difícil de olvidar. (...)".
Hay muchas maneras de contar una historia, y una de ellas —la que tú has elegido— consiste en construir un personaje a través de las voces de otros personajes. En tu caso, Maio aparece dibujado a través de lo que cuentan su
terapeuta, su amigo Manolo y Marina. Ese procedimiento narrativo funciona
bien porque permite que los lectores vayan reconstruyendo poco a poco quién
es el protagonista.
Además, tanto Manolo como el terapeuta cumplen una función interesante. Manolo aparece como amigo, alguien cercano a Maio, mientras que el terapeuta aporta otra mirada: la de alguien capaz de percibir cuáles son los
problemas que lo afectan. Entre esas dos perspectivas se va formando una imagen del personaje bastante rica.
Me gusta especialmente una característica que aparece varias veces y que termina definiendo muy bien a Maio: su incapacidad para ser feliz, o incluso
para estar tranquilo y a gusto. Ese rasgo va emergiendo a lo largo del texto sin que el narrador tenga que explicarlo directamente, y eso encaja muy bien con
el espíritu de la propuesta.
También hay un elemento literario interesante en tu relato: el contraste entre la vida angustiosa de Maio —marcada por el miedo y la inquietud— y el tono
relativamente frío y distante con el que está contada la historia. Ese contraste funciona bien y tiene potencial. Mi sugerencia sería incluso acentuarlo más:
mantener ese tono frío en la narración, pero permitir que en las acciones o en los gestos de Maio aparezcan situaciones más dramáticas. Contar algo muy
intenso con una voz narrativa contenida suele producir un efecto literario muy potente.
Por otro lado, hay algo que me alegra ver porque lo hemos comentado en otras
ocasiones: el uso de las sensaciones físicas para dibujar al personaje. Aquí lo haces muy bien. Aparece cuando Maio suda, cuando tiembla, o en esa imagen
tan potente en la que lo dibujas tumbado dentro del féretro. Esa escena tiene fuerza visual; casi se queda grabada como una imagen difícil de olvidar. (...)".
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