El mediador
1. El mediador. Versión inicial.
Se levantó a primera hora, dobló las piernas, estiró los pies, se calzó las pantuflas y se santiguó, como cada mañana. El frío que se iba a prolongar por todo su cuerpo era intenso y lo despertaba por completo. El sol en la ventana se sentía una maravilla y la habitación, aún oscura, apenas filtraba por su cortina los primeros destellos del alba. Afuera, el ruido de los automotores en la calle con el hollín que expulsaban, contrastando con el trinar mañanero de los pájaros que anunciaban un esplendoroso día por venir.
Deseaba que el alba no trajera consigo los presentidos e infaltables nuevos asaltos bancarios, motines carcelarios o desalojos forzados de vendedores ambulantes y su mínimo vital: era lo habitual. Propio de la miscelánea de los problemas que atendía por esos tiempos. Consideraba que pudiera sortearlos con éxito.
Su mente estaba inmersa en las actuaciones que le esperaban y su ensimismamiento en ellas hacía que a menudo no supiera si estaba bien vestido para la ocasión y el trajin , e incluso si había desayunado o almorzado, lo pasaba por alto el dia que fuera. Bien recuerda aquella primera vez , cuando estudiaba algunos oficios para su firma. Lo necesitan para mediar un asalto bancario con urgencia. Como por un tobogán llegó a un asalto bancario, poniendo a prueba su formación, integridad y desempeño, sin ningun antecedente personal.
Cuando llegó el llamado urgente para mediar el asalto bancario, el peso de la responsabilidad volvió y cayó precipitado sobre él. El frío se volvió más penetrante que el del ambiente, le calaba la vida hasta los huesos y le congelaba su fuerza...Y asi, de repente saberse en el centro de una negociación
—¿Usted sí tiene formación para atender esto? —fue lo único que le preguntó en voz alta el líder de la banda, frente a todos. Él respondió con voz contenida y mirada firme, que no debía preocuparse: estaba allí para evitar mayores daños, proteger tanto a víctimas como a victimarios, y especialmente para atenuar y hacer posible una entrega voluntaria.
Respiró hondo, repasó otras mediaciones bien logradas y tomó impulso. Su función era clara: desescalar el conflicto, escuchar sin juzgar, ser asertivo y facilitar el diálogo que genere la confianza necesaria.
La situación se mantenía al límite: el sudor frío resbalaba por los rostros y se colaba bajo la ropa. Las armas estaban en manos temblorosas que parecían dudar del acto intrépido y doloso. La ansiedad por el desenlace le golpeaba la espalda como un viento helado. Cada palabra meditada, cada silencio oportuno, se convirtieron en un voto a favor de la integridad de quienes estaban allí. Las miradas de desconcierto y el mudo temor saturaban el aire.
El tiempo transcurría con una lentitud angustiosa, como si todo pendiera de un hilo.Hasta que, de un momento a otro le apostaron a la paz y entregaron las armas, y liberaron a los rehenes y se entregaron a las autoridades.
Él sintió entonces que la gravedad de lo vivido se desvanecía de golpe, y una ligereza extraña lo invadió, como si empezara a flotar. Su respiración, hasta entonces contenida a bocanadas, volvió a la calma. Recordó la satisfacción del deber cumplido, las miradas de gratitud de los cautivos —un aliciente poderoso para seguir en el empeño diario.
Lo demás de nada que ver quedó en el registro de un dia breve de la prensa, la radio y la televisión. Las que, sin haber estado presentes, ahondaron en detalles e incluso llegaron a suponer que se trataba de un embuste. No faltaron, eso sí, las recomendaciones para establecer un protocolo de la actuación para minimizar los riesgos: de los rehenes, los asaltantes y los mismos mediadores. Incluso se llegó a proponer antibalas para que los asaltantes los pudieran tener. Como también, se llegó a considerar como presuntos implicados y delictivos contubernios.
Se levantó a primera hora, dobló las piernas, estiró los pies, se calzó las pantuflas y se santiguó, como cada mañana. El frío que se prolongaba por su cuerpo era intenso y lo despertaba por completo. El sol en la endija irradiaba de maravilla sus primeros destellos; la habitación, aún oscura, apenas filtraba por la cortina que se interponio al alba. Afuera, el ruido de los automotores con su hollín, contrastando por el trinar mañanero de los pájaros que anunciaban un día esplendoroso.
Deseaba que el alba no trajera consigo los infaltables asaltos bancarios; motines carcelarios o desalojos forzados de vendedores ambulantes y su minimo vital o renta básica: lo habitual. Parte de la miscelánea de problemas que atendía por esos tiempos y consideraba que podría seguir sorteándolos con éxito.
Estaba inmerso en las actuaciones que le esperaban. Era tal que por su ensimismamiento no sabía si estaba bien vestido para el trajín, e incluso si había desayunado; lo pasaba por alto. Bien recordaba aquella primera vez, cuando lo llamaron para mediar un asalto bancario urgente. Como por un tobogán llegó al lugar, poniendo a prueba su formación, integridad y desempeño en algo sin antecedentes personales.
Cuando llegó el llamado, el peso de la responsabilidad cayó precipitado sobre él. Un frío más penetrante que el del ambiente le caló la vida hasta los huesos y le congeló la fuerza. Y así, de repente, se supo en el centro de una negociación.
Cada gesto, cada palabra y cada acto podía alterar el curso de los hechos —aun sin quererlo—. Se sentía como un actor atrapado en un papel predeterminado con final incierto, obligado a moverse bajo miradas ansiosas. Sabía, no obstante, que contaba con su antecedente, la aceptación de las partes, requisito indispensable, y las oraciones —aquellas que se habían prolongado incluso en medio del asalto— que podían infundirle la seguridad que necesitaba. Su propósito era lograr un resultado que fuera a satisfacción, e incluso gratitud e ingratitud con el deber cumplido.
—¿Usted sí tiene formación para atender esto? —fue lo único que le preguntó en voz alta el líder de la banda, frente a todos.
Él respondió con voz contenida y mirada firme que no debía preocuparse: estaba allí para evitar mayores daños, para proteger tanto a víctimas como a victimarios, y especialmente para hacer posible una entrega voluntaria que fuera atenuante.
Respiró hondo, repasó otras mediaciones bien logradas y tomó impulso. Su función era clara: desescalar el conflicto, escuchar sin juzgar, facilitar el diálogo y viabilizar la entrega.
La situación se mantenía al límite: el sudor frío resbalaba por los rostros y se colaba bajo la ropa. Las armas estaban en manos temblorosas que parecían dudar del acto intrépido y doloso
Se levantó a primera hora, dobló las piernas, estiró los pies, se calzó las pantuflas y se santiguó, como cada mañana. El frío que se iba a prolongar por todo su cuerpo era intenso y lo despertaba por completo. El sol en la ventana se sentía una maravilla y la habitación, aún oscura, apenas filtraba por su cortina los primeros destellos del alba. Afuera, el ruido de los automotores en la calle con el hollín que expulsaban, contrastando con el trinar mañanero de los pájaros que anunciaban un esplendoroso día por venir.
Deseaba que el alba no trajera consigo los presentidos e infaltables nuevos asaltos bancarios, motines carcelarios o desalojos forzados de vendedores ambulantes y su mínimo vital: era lo habitual. Propio de la miscelánea de los problemas que atendía por esos tiempos. Consideraba que pudiera sortearlos con éxito.
Su mente estaba inmersa en las actuaciones que le esperaban y su ensimismamiento en ellas hacía que a menudo no supiera si estaba bien vestido para la ocasión y el trajin , e incluso si había desayunado o almorzado, lo pasaba por alto el dia que fuera. Bien recuerda aquella primera vez , cuando estudiaba algunos oficios para su firma. Lo necesitan para mediar un asalto bancario con urgencia. Como por un tobogán llegó a un asalto bancario, poniendo a prueba su formación, integridad y desempeño, sin ningun antecedente personal.
Cuando llegó el llamado urgente para mediar el asalto bancario, el peso de la responsabilidad volvió y cayó precipitado sobre él. El frío se volvió más penetrante que el del ambiente, le calaba la vida hasta los huesos y le congelaba su fuerza...Y asi, de repente saberse en el centro de una negociación
Cada gesto, cada palabra y cada acto podía alterar el curso de los hechos —aun sin quererlo—.
Lo hacía sentirse como un actor atrapado en un papel predeterminado con un final incierto. Obligado a moverse bajo miradas ansiosas, en un desenlace inesperado. Sabía, no obstante, que contaba con la aceptación de las partes, requisito indispensable para actuar y que sus oraciones —aquellas que se habían prolongado incluso en medio del asalto— le podían infundir la seguridad necesaria. Fue su proposito lograr un resultado que generara satisfacción, y quizás incluso, gratitud con el deber cumplido.
—¿Usted sí tiene formación para atender esto? —fue lo único que le preguntó en voz alta el líder de la banda, frente a todos. Él respondió con voz contenida y mirada firme, que no debía preocuparse: estaba allí para evitar mayores daños, proteger tanto a víctimas como a victimarios, y especialmente para atenuar y hacer posible una entrega voluntaria.
Respiró hondo, repasó otras mediaciones bien logradas y tomó impulso. Su función era clara: desescalar el conflicto, escuchar sin juzgar, ser asertivo y facilitar el diálogo que genere la confianza necesaria.
La situación se mantenía al límite: el sudor frío resbalaba por los rostros y se colaba bajo la ropa. Las armas estaban en manos temblorosas que parecían dudar del acto intrépido y doloso. La ansiedad por el desenlace le golpeaba la espalda como un viento helado. Cada palabra meditada, cada silencio oportuno, se convirtieron en un voto a favor de la integridad de quienes estaban allí. Las miradas de desconcierto y el mudo temor saturaban el aire.
El tiempo transcurría con una lentitud angustiosa, como si todo pendiera de un hilo.Hasta que, de un momento a otro le apostaron a la paz y entregaron las armas, y liberaron a los rehenes y se entregaron a las autoridades.
Él sintió entonces que la gravedad de lo vivido se desvanecía de golpe, y una ligereza extraña lo invadió, como si empezara a flotar. Su respiración, hasta entonces contenida a bocanadas, volvió a la calma. Recordó la satisfacción del deber cumplido, las miradas de gratitud de los cautivos —un aliciente poderoso para seguir en el empeño diario.
Lo demás de nada que ver quedó en el registro de un dia breve de la prensa, la radio y la televisión. Las que, sin haber estado presentes, ahondaron en detalles e incluso llegaron a suponer que se trataba de un embuste. No faltaron, eso sí, las recomendaciones para establecer un protocolo de la actuación para minimizar los riesgos: de los rehenes, los asaltantes y los mismos mediadores. Incluso se llegó a proponer antibalas para que los asaltantes los pudieran tener. Como también, se llegó a considerar como presuntos implicados y delictivos contubernios.
Tarea 4. EE.RB. 1. Febrero 26. Versión inicial.
2. Versión revisada:
Mediador
Se levantó a primera hora, dobló las piernas, estiró los pies, se calzó las pantuflas y se santiguó, como cada mañana. El frío que se prolongaba por su cuerpo era intenso y lo despertaba por completo. El sol en la endija irradiaba de maravilla sus primeros destellos; la habitación, aún oscura, apenas filtraba por la cortina que se interponio al alba. Afuera, el ruido de los automotores con su hollín, contrastando por el trinar mañanero de los pájaros que anunciaban un día esplendoroso.
Deseaba que el alba no trajera consigo los infaltables asaltos bancarios; motines carcelarios o desalojos forzados de vendedores ambulantes y su minimo vital o renta básica: lo habitual. Parte de la miscelánea de problemas que atendía por esos tiempos y consideraba que podría seguir sorteándolos con éxito.
Estaba inmerso en las actuaciones que le esperaban. Era tal que por su ensimismamiento no sabía si estaba bien vestido para el trajín, e incluso si había desayunado; lo pasaba por alto. Bien recordaba aquella primera vez, cuando lo llamaron para mediar un asalto bancario urgente. Como por un tobogán llegó al lugar, poniendo a prueba su formación, integridad y desempeño en algo sin antecedentes personales.
Cuando llegó el llamado, el peso de la responsabilidad cayó precipitado sobre él. Un frío más penetrante que el del ambiente le caló la vida hasta los huesos y le congeló la fuerza. Y así, de repente, se supo en el centro de una negociación.
Cada gesto, cada palabra y cada acto podía alterar el curso de los hechos —aun sin quererlo—. Se sentía como un actor atrapado en un papel predeterminado con final incierto, obligado a moverse bajo miradas ansiosas. Sabía, no obstante, que contaba con su antecedente, la aceptación de las partes, requisito indispensable, y las oraciones —aquellas que se habían prolongado incluso en medio del asalto— que podían infundirle la seguridad que necesitaba. Su propósito era lograr un resultado que fuera a satisfacción, e incluso gratitud e ingratitud con el deber cumplido.
—¿Usted sí tiene formación para atender esto? —fue lo único que le preguntó en voz alta el líder de la banda, frente a todos.
Él respondió con voz contenida y mirada firme que no debía preocuparse: estaba allí para evitar mayores daños, para proteger tanto a víctimas como a victimarios, y especialmente para hacer posible una entrega voluntaria que fuera atenuante.
Respiró hondo, repasó otras mediaciones bien logradas y tomó impulso. Su función era clara: desescalar el conflicto, escuchar sin juzgar, facilitar el diálogo y viabilizar la entrega.
La situación se mantenía al límite: el sudor frío resbalaba por los rostros y se colaba bajo la ropa. Las armas estaban en manos temblorosas que parecían dudar del acto intrépido y doloso
La ansiedad por el desenlace le golpeaba la espalda como un viento helado. Cada palabra meditada, cada silencio oportuno, se convirtieron en un voto a favor de la integridad de quienes estaban allí. Las miradas de desconcierto y el mudo temor saturaban el aire. El tiempo que transcurría con una lentitud angustiosa, como si todo pendiera de un hilo.
Él sintió entonces que la gravedad de lo vivido no se desvanecía de golpe, pero una ligereza extraña lo invadió, como si empezara a flotar. Su respiración, hasta entonces contenida a bocanadas, volvió a la calma. Recordó la satisfacción del deber cumplido, las miradas de gratitud de los cautivos —un aliciente poderoso para seguir. Hasta que, de un momento a otro, apostaron por la paz: entregaron las armas, liberaron a los rehenes y se entregaron a las autoridades.
Lo demás quedó en el registro breve de la prensa, la radio y la televisión. Medios que, sin haber estado presentes, ahondaron en detalles e incluso sugirieron que todo había sido un embuste. No faltaron, eso sí, las recomendaciones para establecer protocolos que minimizaran riesgos: de rehenes, asaltantes y mediadores. Llegaron a proponer chalecos antibalas para los asaltantes. Incluso se habló de presuntos contubernios.
Él sintió entonces que la gravedad de lo vivido no se desvanecía de golpe, pero una ligereza extraña lo invadió, como si empezara a flotar. Su respiración, hasta entonces contenida a bocanadas, volvió a la calma. Recordó la satisfacción del deber cumplido, las miradas de gratitud de los cautivos —un aliciente poderoso para seguir. Hasta que, de un momento a otro, apostaron por la paz: entregaron las armas, liberaron a los rehenes y se entregaron a las autoridades.
Lo demás quedó en el registro breve de la prensa, la radio y la televisión. Medios que, sin haber estado presentes, ahondaron en detalles e incluso sugirieron que todo había sido un embuste. No faltaron, eso sí, las recomendaciones para establecer protocolos que minimizaran riesgos: de rehenes, asaltantes y mediadores. Llegaron a proponer chalecos antibalas para los asaltantes. Incluso se habló de presuntos contubernios.
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