El mediador
El mediador
Se levantó a primera hora, dobló las piernas, estiró los pies, se calzó las pantuflas y se santiguó, como cada mañana. El frío que se iba a prolongar por todo su cuerpo era intenso y lo despertaba por completo. El sol en la ventana es una maravilla; y la habitación, aún oscura, apenas filtraba por su cortina los primeros destellos del alba. Afuera, el ruido de los automotores en la calle, el hollín que exhalaban y el trinar de los pájaros que completaban el amanecer frio de un esplendoro día por venir.
Deseaba que el alba no trajera consigo los presentidos e infaltables nuevos asaltos bancarios. Motines carcelarios o desalojos forzados de vendedores ambulantes y su mínimo vital: era lo habitual, en lo propio de la miscelánea de esos tiempos. Y que si se llegaren a presentarse, pudiera sortearlos con éxito.
Su mente estaba inmersa en las actuaciones que le esperaban y su ensimismamiento en ellas, hacía que a menudo no supiera si estaba bien vestido para la ocasión y el trajin , e incluso si había desayunado o almorzado y pasaba por alto el dia que fuera. Bien recuerda aquella primera vez , cuando estudiaba algunos oficios para su firma. Lo necesitan para mediar un asalto bancario con urgencia. Como en un tobogán y en un asalto bancario, poniendo a prueba su formación, integridad y desempeño.
Cuando llegó el llamado urgente para mediar el asalto bancario, el peso de la responsabilidad volvió y cayó precipitado sobre él, con un frío más penetrante que el del ambiente, un frío que le calaba la vida hasta los huesos y le congelaba su fuerza. Y asi, de repente saberse nuevamente en el centro de una negociación, donde cada gesto, cada palabra y cada acto podía alterar el curso de los hechos —aun sin querer—.
Se levantó a primera hora, dobló las piernas, estiró los pies, se calzó las pantuflas y se santiguó, como cada mañana. El frío que se iba a prolongar por todo su cuerpo era intenso y lo despertaba por completo. El sol en la ventana es una maravilla; y la habitación, aún oscura, apenas filtraba por su cortina los primeros destellos del alba. Afuera, el ruido de los automotores en la calle, el hollín que exhalaban y el trinar de los pájaros que completaban el amanecer frio de un esplendoro día por venir.
Deseaba que el alba no trajera consigo los presentidos e infaltables nuevos asaltos bancarios. Motines carcelarios o desalojos forzados de vendedores ambulantes y su mínimo vital: era lo habitual, en lo propio de la miscelánea de esos tiempos. Y que si se llegaren a presentarse, pudiera sortearlos con éxito.
Su mente estaba inmersa en las actuaciones que le esperaban y su ensimismamiento en ellas, hacía que a menudo no supiera si estaba bien vestido para la ocasión y el trajin , e incluso si había desayunado o almorzado y pasaba por alto el dia que fuera. Bien recuerda aquella primera vez , cuando estudiaba algunos oficios para su firma. Lo necesitan para mediar un asalto bancario con urgencia. Como en un tobogán y en un asalto bancario, poniendo a prueba su formación, integridad y desempeño.
Cuando llegó el llamado urgente para mediar el asalto bancario, el peso de la responsabilidad volvió y cayó precipitado sobre él, con un frío más penetrante que el del ambiente, un frío que le calaba la vida hasta los huesos y le congelaba su fuerza. Y asi, de repente saberse nuevamente en el centro de una negociación, donde cada gesto, cada palabra y cada acto podía alterar el curso de los hechos —aun sin querer—.
Lo hacía sentirse como un actor atrapado en un papel predeterminado pero con final incierto. Obligado a moverse bajo miradas ansiosas y con un desenlace inesperado. Sabía, no obstante, que contaba con la aceptación de las partes, requisito indispensable para actuar, y que sus oraciones —aquellas que se habían prolongado incluso en medio del asalto— le podían infundir la seguridad necesaria para lograr un resultado que generara satisfacción, y quizás incluso, gratitud e ingratitud con el deber cumplido.
—¿Usted sí tiene formación para atender esto? —fue lo único que le preguntó el líder de la banda, frente a todos.
Él respondió con voz contenida y mirada firme que no debía preocuparse: estaba allí para evitar mayores daños, y proteger tanto a víctimas como a victimarios, y para atenuar y hacer posible una entrega voluntaria que le sirviera de atenuante.
Respiró hondo, repasó otras mediaciones bien logradas y tomó impulso. Su función era clara: desescalar el conflicto, escuchar sin juzgar, facilitar el diálogo y generar la confianza necesaria.
La situación se mantenía al límite: el sudor resbalaba por los rostros, el frío se colaba bajo la ropa, las armas temblaban en manos que parecían dudar de su propio acto intrépido y doloso. La ansiedad por el desenlace le golpeaba la espalda como un viento helado. Cada palabra meditada, cada silencio oportuno, se convirtieron en un voto a favor de la integridad de quienes estaban allí. Las miradas de desconcierto y el mudo temor saturaban el aire
El tiempo transcurría con una lentitud angustiosa, como si todo pendiera de un hilo.Hasta que, de un momento a otro se aceleró, le apostaron a la paz y entregaron las armas. Liberaron a los rehenes y se entregaron a las autoridades.
Él sintió entonces que la gravedad de lo vivido se desvanecía de golpe, y una ligereza extraña lo invadió, como si empezara a flotar. Su respiración, hasta entonces contenida a bocanadas, volvió a la calma. Recordó la satisfacción del deber cumplido, las miradas de gratitud de los cautivos —un aliciente poderoso para seguir en el empeño diario.
Lo demás de nada que ver quedó en el registro de un dia breve de la prensa, la radio y la televisión. Las que, sin haber estado presentes, ahondaron en detalles e incluso llegaron a suponer que se trataba de un embuste. No faltaron, eso sí, las recomendaciones para establecer un protocolo de la actuación para minimizar los riesgos: de los rehenes, los asaltantes y los mismos mediadores. Incluso se llegó a proponer antibalas para que los asaltantes los pudieran tener. También, se les llegó a considerar con presuntos y delictivos contubernios.
—¿Usted sí tiene formación para atender esto? —fue lo único que le preguntó el líder de la banda, frente a todos.
Él respondió con voz contenida y mirada firme que no debía preocuparse: estaba allí para evitar mayores daños, y proteger tanto a víctimas como a victimarios, y para atenuar y hacer posible una entrega voluntaria que le sirviera de atenuante.
Respiró hondo, repasó otras mediaciones bien logradas y tomó impulso. Su función era clara: desescalar el conflicto, escuchar sin juzgar, facilitar el diálogo y generar la confianza necesaria.
La situación se mantenía al límite: el sudor resbalaba por los rostros, el frío se colaba bajo la ropa, las armas temblaban en manos que parecían dudar de su propio acto intrépido y doloso. La ansiedad por el desenlace le golpeaba la espalda como un viento helado. Cada palabra meditada, cada silencio oportuno, se convirtieron en un voto a favor de la integridad de quienes estaban allí. Las miradas de desconcierto y el mudo temor saturaban el aire
El tiempo transcurría con una lentitud angustiosa, como si todo pendiera de un hilo.Hasta que, de un momento a otro se aceleró, le apostaron a la paz y entregaron las armas. Liberaron a los rehenes y se entregaron a las autoridades.
Él sintió entonces que la gravedad de lo vivido se desvanecía de golpe, y una ligereza extraña lo invadió, como si empezara a flotar. Su respiración, hasta entonces contenida a bocanadas, volvió a la calma. Recordó la satisfacción del deber cumplido, las miradas de gratitud de los cautivos —un aliciente poderoso para seguir en el empeño diario.
Lo demás de nada que ver quedó en el registro de un dia breve de la prensa, la radio y la televisión. Las que, sin haber estado presentes, ahondaron en detalles e incluso llegaron a suponer que se trataba de un embuste. No faltaron, eso sí, las recomendaciones para establecer un protocolo de la actuación para minimizar los riesgos: de los rehenes, los asaltantes y los mismos mediadores. Incluso se llegó a proponer antibalas para que los asaltantes los pudieran tener. También, se les llegó a considerar con presuntos y delictivos contubernios.
Tarea 4. 1. EE.RB. Versión revisada.
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