Declaraciones temblorosas EE

Declaraciones temblorosas

Fue después de un inconsulto y atrevido  temblor que con la velocidad de un movimiento planetario indoblegable dejaba su huella. Le dejó con un miedo tembloroso y  le promovió en sus oraciones a lo divino y humano la súplica para que el próximo nunca fuera 'terremonstruoso'.
                         
¿ Entonces qué  hiciste en el momento del temblor?
—"Nada" ¿nada?:  Estuve en la sala sentado y echado a la suerte, quieto y alternando con instantes en los que controlaba las reacciones de  alarma que hacían contener la respiración. Solo lo sentí temblando. Miré al techo y las paredes que me daban protección y agarré las ruedas de la silla que giraban hacia adelante y atrás.  Sentí que me golpeteaba la espalda. Temblaba.  No tuve ningún temor, creo, encima de la cabeza no había peligro y el escritorio es de madera dura, bien resistente. Permanecí relativamente tranquilo, conservando la calma pensé que no iría a recibir  ningún daño. Era claro, en mis condiciones forzadas de inmovilidad no había juego para nada con semejante temblor.  Sentado en la silla de ruedas me era "imposible moverme." Habrá que mirar cuando se vuelva a presentar un sismo que no ha de faltar. Supongo no me ha dejado secuelas que tratar. El temple, las previsiones y la ciencia le dan a uno sus certezas.

— Yo también no hice nada. Nada. Quedé quieto, en calma y alerta, tratando de controlar el miedo. El piso es alto y no posibilita bajar por escaleras en los recomendados y muy relativos 30 segundos para una replica de un temblor fuerte y largo. Tendría que ser por ascensor, lo que tampoco se recomienda para nada, o volando sin alas, imposible. 
Figúrate: En hamaca, la silla habitual, el sillón, en andamio o parapeto, o en el parque, daba lo mismo. La vida de unas placas de la tierra estaba moviéndose y yo leyendo inmerso, con lápiz en  mano. De repente, creí que era solo la imaginación creativa, el de un momento especial de la lectura. Para allá y para acá, moviéndome sin voluntad propia, en circunstancia de trance y apremio mayor, posiblemente pálido, con las cejas contraídas y los párpados superiores levantados, la boca entreabierta y los labios tensos y estirados hacia atrás. 
    "Al instante me sentí precipitado naufragando. En la proa de un barco, balanceado con un fuerte oleaje tempestuoso, furioso e incontrolable, revolcándo todo a su paso, precipitándome a las profundidades submarinas. 
    O tal vez, fue tumbándome  en un avión dirigido con precipitud al suelo. Volando en medio de una fuerte turbulencia, sacudido y veloz de lado a lado, de arriba y abajo, como llevándome a estrellar contra el piso." 
    Eran sensaciones de imágenes que estaban reservadas en mi memoria, esperando el momento preciso para recrearse veloces y salir con toda. Y resultó que la realidad, no era en el agua ni en el aire. Fue en tierra al piso, con un temblor fuerte y largo, que solo había vivido hace tiempo siendo niño y que hasta ahora, tambien supongo,  no he tenido necesidad de ningun tratamiento especial.

—Yo en cambio me puse en guardia observando al piso, a las paredes, las ventanas y el techo. Aferrado de las mejores precauciones cotidianas, y por si acaso, con invocaciones y rezos. De todas formas saldría bien librado, la cabeza estaba protegida con la cachucha de viaje e iría a un extremo de la hamaca, o de los brazos de la silla, del sillón o del sofá, y eso sí, al frente con una mesa o escritorio de madera fuerte, con el maletín de primeros auxilios,  lazos y paracaidas. 
Con fe en lo humano y lo divino, y de suertudo, contando por escrito y oraciones para los que sigan llegando, ojalá "en mucho, muchísimo tiempo y sin ningún calamitoso desastre" según el eco que quedó por todas partes. Finalmente, como si lo tuviera, se volvió a una calma que de vez en cuando se altera cuando vuelven los inevitables temblores.
Las impresiones subsiguientes, algunas  fueron: 
—Nada, estaba dormido y sentí que me movían con fuerza la cama. Lo único que hice fue bajarme y mirar abajo, puesto en guardia, a ver quien me la movía.

—Pues el cuarto estaba con lámparas y lo único que hice fue al ver su balanceo, calcular la inclinación para deducir su intensidad, la que fue registrada con la misma aproximación moderada de 4.7  de intensidad que reportaron los noticieros.
Nada. Estaba frente al escritorio, buscando algún punto agrietado que no hubiera previsto. Y a la vez, figúrate, disfrutando el extraño placer de semejante sorpresa, que sin consultarme, me movía con fuerza el cuerpo de lado a lado. Y seguido, terminar ansioso de que el temblor venidero, no fuera destructivo y dentro de muchos, muchísimos años y nada.

Nada en cambio. Yo seguí durmiendo. Las pastas que suavizan mis dolencias, me mantienen dormida. Y si es de despertar, que sea a tiempo con un buena comida y muy buenos y efectuosos dias, excelente humor y noticias bellas de la vida. 

—Nada, no hice más que salír veloz a amparar a mi muñeca. Con ella, estoy en todo... 

Y así seguían las diferentes impresiones. No se sabía si el miedo siguió siendo real o imaginario, si se repetía en forma permanente o era uno ocasional que parecía eterno y se exacerba cuando aparece algún sismo. Si era producto de las propias certezas o de la información de los temblores  que suministan los medios oficiales que no permitían conservar la tranquilidad necesaria. Lo cierto es que a todo momento se preguntaba cuando se presentaría y causaba estragos. En el caso mas crítico de temor permanente e intenso que persistió se decidió acudir al terapeuta y desde ahi no se volvió a saber noticias pues lo internaron en un largo tratamiento sin comunicación con el mundo exterior, sin visitas y sin que lo dieran de alta. Los demás han quedado con el impacto hasta un nuevo temblor que no los lleve al pánico, basta que sea la intensidad promedio o que la supere y pase del 5.5 para que el miedo irrumpa sin atenuantes.



EDITADO AI. Capcast
Declaraciones temblorosas

Fue después de un inconsulto y atrevido temblor que con la velocidad de un movimiento planetario indoblegable, dejaba su huella inconfundible. Le dejó con un miedo tembloroso y le promovió el ruego permanente a lo divino y humano para que los próximos nunca fueran 'terremonstruosos'.
                         
¿Entonces qué hiciste en el momento del temblor? 
—"Nada". ¿Nada?: Estuve en la sala sentado y echado a la suerte, quieto y alternando con instantes que hacían contener la respiración.  Solo lo sentí temblando. Miré al techo y las paredes que me daban protección y agarré las ruedas de la silla que giraban hacia adelante y atrás.  Sentí que me golpeteaba la espalda. Temblaba. Encima de la cabeza no había peligro y el escritorio es de madera dura, bien resistente. Permanecí relativamente tranquilo, conservando la calma, y pensé que ningún daño iba a recibir. Era claro que, en mis condiciones forzadas de inmovilidad, no había juego para nada más. Sentado en la silla de ruedas, me era "imposible moverme". 
 El temple, las previsiones y la ciencia le dan a uno sus certezas. No tuve ningún temor, creo. Habrá que evidenciarlo cuando se vuelva a presentar el sismo siguiente, que no ha de faltar. Supongo que no me ha dejado secuelas que tratar.

—Yo tampoco hice nada. Nada. Quedé quieto, en calma y alerta, tratando de controlar el miedo. El piso es alto y no posibilita bajar por escaleras en los recomendados y muy relativos 30 segundos para una réplica de un temblor fuerte y largo. Tendría que ser por ascensor, lo que tampoco se recomienda para nada, o volando sin alas, imposible. Figúrate: En hamaca, la silla habitual, el sillón, en andamio o parapeto, o en el parque, daba lo mismo.  
—La vida de unas placas de la tierra estaba moviéndose y yo leyendo inmerso, con lápiz en mano. De repente, creí que era solo la imaginación creativa, el de un momento especial de la lectura. Para allá y para acá, moviéndome sin voluntad propia, en circunstancia de trance y apremio mayor, posiblemente pálido, con las cejas contraídas y los párpados superiores levantados, la boca entreabierta y los labios tensos y estirados hacia atrás. 
    "Al instante me sentí precipitado, naufragando. En la proa de un barco, balanceado con un fuerte oleaje tempestuoso, furioso e incontrolable, revolviendo todo a su paso, precipitándome a las profundidades submarinas. 
    O tal vez, fue tumbándome en un avión dirigido con precipitud al suelo. Volando en medio de una fuerte turbulencia, sacudido y veloz de lado a lado, de arriba y abajo, como llevándome a estrellar contra el piso." 
    Eran sensaciones de imágenes que estaban reservadas en mi memoria, esperando el momento preciso para recrearse veloces y salir con toda.  Y resultó que la realidad no era en el agua ni en el aire. Fue en tierra al piso, con un temblor fuerte y largo, que solo había vivido hace tiempo siendo niño y que hasta ahora, también supongo, no he tenido necesidad de ningún tratamiento especial.

—Yo, en cambio, me puse en guardia, observando al piso, a las paredes, las ventanas y el techo. Aferrado a las mejores precauciones cotidianas, y por si acaso, con invocaciones y rezos. De todas formas saldría bien librado; la cabeza estaba protegida con la cachucha de viaje e iría a un extremo de la hamaca, o de los brazos de la silla, del sillón o del sofá, y eso sí, al frente con una mesa o escritorio de madera fuerte, con el maletín de primeros auxilios, lazos y paracaídas. 
Con fe en lo humano y lo divino, y de suertudo, contando por escrito y oraciones para los que sigan llegando, ojalá "en mucho, muchísimo tiempo y sin ningún calamitoso desastre", según el eco que quedó por todas partes. Finalmente, como si lo tuviera, se volvió a una calma que de vez en cuando se altera cuando vuelven los inevitables temblores.
Impresiones subsiguientes fueron tales como:
—Nada, estaba dormido y sentí que me movían con fuerza la cama. Lo único que hice fue bajarme y mirar abajo, puesto en guardia, a ver quién me la movía.

—Pues el cuarto está con lámparas y lo único que hice fue, al ver su balanceo, calcular la inclinación para deducir su intensidad, la que fue registrada con la misma aproximación moderada de 4.7 de intensidad que reportaron los noticieros.
Nada. Estaba frente al escritorio, buscando algún punto agrietado que no hubiera previsto. Y a la vez, figúrate, disfrutando el extraño placer de semejante sorpresa, que sin consultarme, me movía con fuerza el cuerpo de lado a lado. Y seguido, terminar ansioso de que el temblor venidero no fuera destructivo y dentro de muchos, muchísimos años nada.

Nada.  Yo seguí durmiendo. Las pastas que suavizan mis dolencias me mantienen dormida.  Y si es de despertar, que sea a tiempo con una buena comida y muy buenos y afectuosos días, excelente humor y noticias bellas de la vida. 

—Nada, no hice más que salir veloz a amparar a mi muñeca. Con ella, estoy en todo... 

Y así seguían las diferentes impresiones de no haberse hecho nada. No se sabía si el miedo seguía siendo real o imaginario, si se repetía en forma permanente o era uno ocasional que parecía eterno y se exacerbaba cuando aparecía algún sismo, o si era producto de las propias certezas o de la información de los temblores que suministran los medios oficiales que no permitían conservar la tranquilidad necesaria. Lo cierto es que a todo momento se preguntaba cuándo se presentaría y causaría estragos. En el caso más crítico de temor permanente e intenso que persistió, se decidió acudir al terapeuta y desde ahí no se volvió a saber noticias, pues lo internaron en un largo tratamiento sin comunicación con el mundo exterior, sin visitas y sin que lo dieran de alta. Los demás han quedado con el impacto hasta un nuevo temblor que no los lleve al pánico; basta que sea la intensidad promedio o que la supere y pase del 5.5 para que el miedo irrumpa sin atenuantes, incontrolable, contenido o disipado.

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