La utopía de la victoria. Pais de locos, Alvaro Hernandez, 11



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La utopía de la victoria

“Quien no espera vencer está vencido”. 

(La frase se atribuye tanto a Julio César como a Napoleón, pero es de Magic Johnson antes de un partido de básquetbol)

Bajo un alto firmamento en una noche fosforescente y callada, en un remoto puesto selvático militar, un soldado en vigilia se pregunta: ¿Dónde estaré de guardia mañana? ¿Podré ver el día en que todo esto acabe? 

En otro sitio no distante y a la misma hora, un vigía enemigo se interroga: ¿Cuándo llegará el día de la victoria para irme a casa? Y como si lo hubiese escuchado y tuviese la respuesta adecuada, una sombra vecina comenta sin motivo aparente a su compañero: Llevo veintidós años en esto y nada cambia. Antes de mí estuvieron otros y tal vez otros vengan después de mí. Ya me gustaría que todo esto terminara. 

Entretanto, en su despacho temporal de campaña, un oficial de dos barras escribe una carta a su esposa: Se acerca el día del retiro que pedí, y ya es seguro que partiré sin ver la victoria que nos prometieron, la que nos prometimos…la que prometimos.     

Los hombres que así meditan bajo el mismo retazo estrellado, ignoran que las mismas preguntas, si son honradas, pueden salir de la boca de dos adversarios sin que haya motivo para avergonzarse; pues la tralla de la guerra aprieta parejo la carne. Sin embargo, esos mismos hombres no imaginan que pueda visitarlos un pensamiento gemelo, una misma esperanza; pues profesan la convicción de que no existe nada común entre ellos; nada distinto al suelo que se disputan y pisan y repisan alternándose sin fin, porfiados año tras año mirando al frente, aguardando a los que aborrecen para tender una embocada, desplegarse luego en retirada o iniciar una persecución, y proseguir hasta un próximo choque que justifique a sus propios ojos el odio tenaz que los lleva de un lado a otro sin sosiego.

Son inconscientes de que en esa lucha sin agonía, la nobleza de las ideas es un cadáver hace tiempo; ignoran que, pese a ser adversarios, terminaron siendo semejantes en sus andanzas y ruindades, porque adoptaron con naturalidad que matar o morir es su destino, sin mostrar ningún remordimiento por alojar en el corazón ese dictado tan sombrío. Y son acordes, sin pactarlo, en que no hay razón para sentirse culpables por los daños causados mientras empuñen un arma, y que tampoco lo serán después ante nadie, desconfiados de que ese día pueda llegar.  

Y no les falta razón, pues los aguibotas viven entre alzamientos armados por los mismos motivos, y sin conocer una batalla definitiva o una capitulación general que los acostumbre a la paz. De hecho, el último registro de una paz firmada data de 1902. En la ceremonia del armisticio que selló mil días de guerra, con la tinta húmeda en el documento, de pie sobre la cubierta del buque de guerra norteamericano que hospedó a los jefes contendientes, el general conservador exclamó: El mejor modo de dejar atrás esta guerra, es olvidarse de los motivos que tuvimos para emprenderla. Y en su turno, el comandante general de los ejércitos liberales, respondió: No debemos olvidar los motivos si deseamos una paz duradera. 

Todavía no hay acuerdo entre los historiadores acerca de lo que quisieron decir esos dos hombres en la gravedad de ese momento, aunque coinciden en que, conforme al carácter de los aguibotas, el filo de sus intenciones quedó envainado en la oscuridad de las palabras; porque acuden a la hipérbole en lugar del sustantivo, aman las formas con sacrificio de la sustancia. 

Aquella fue la última vez que firmaron un documento con los nombres de los vencedores y los vencidos, aunque ninguno bando derrotó al otro en los campos de batalla. Porque desde entonces, nunca más se conocieron los nombres de unos y otros, pese a ser tantas las batallas y los lances en que se han diezmado. Por esa razón, usted no verá el ápice de un obelisco que conmemore ésa ni otra guerra civil, ni un conjunto arquitectónico monumental recordando un armisticio, o una escultura de bronce en una plaza pública en honor de alguna batalla intestina. En un callado acuerdo nacional, toda obra de arte que pudiera recordar el tamaño del sacrificio colectivo de la primera guerra civil y de las otras que han padecido después, fueron celosamente prohibidas hasta lograr la desmemoria. 

Pero no lo decidieron así porque desprecien el arte, ya que en sus ciudades y poblados pueden admirarse estatuas que muestran a sus fundadores (casi siempre peninsulares de ultramar); o frescos con patricios criollos firmando proclamas sediciosas contra el rey español, óleos que eternizan rudos jefes que abolieron constituciones con su espada revoltosa, y tersos letrados que edificaron la intrincada pirámide de sus leyes. Lo acordaron así, para que nada evoque la memoria de sus guerras internas, conscientes de que ninguna de ellas cambió nada de lo que se propusieron…o de lo que dijeron proponerse. Y pese a que sus muertos son legiones con nombres olvidados, allí no es posible visitar una tumba que honre al soldado desconocido, al sargento aborrecido, al teniente malparido, al coronel maldecido o al general desobedecido. 

Todo resulta más extraño aún, conociendo el gusto de sus dirigentes por la escultórica palaciega de Luís XVI, con la que adornaron alamedas y parques públicos. Usted puede llegar a pensar que tras esos ciervos y jabalíes y lebreles que asoman inesperadamente en el recodo de un parque, aparecerán los mozos de traílla alentando a los perros, y que más allá habrá de tropezarse con el tropel de los cazadores a caballo. Y si es sensible y se esfuerza, tal vez logré oír, por encima del escándalo de los pitos de los autos en las avenidas, los olifantes y las trompetas cerrando el festejo feudal de caza. Aunque a veces, lo verídico resulte ser el silbo de un pájaro desahuciado de su nido por la motosierra de un empleado de la alcaldía, o un perro buscón tras su merienda en una caneca de la basura. Igual, no debe sorprenderse si su paseo termina ante un avergonzado pedestal que soporta una cabeza calva que la lluvia volvió anónima, a cuyo pie duerme de día un hombre humillado por su miseria. 

Como se ve, no es ignorancia o desprecio por el arte lo que distingue a sus líderes, porque sus gustos son deliciosamente promiscuos. Algunos gobernantes han hecho largos periplos oficiales para adquirir con cargo al erario, copias en acrílico de frisos persas o de estelas romanas para adornar los frontispicios de ciertos edificios de gobierno; o esculturas de tritones y ondinas para los jardines de la casa presidencial. 

Pero para contrariar su vocación por el olvido, llega el eco de los disparos que no cesan. 

Vienen de aquél lado, indica un hombre a su camarada, señalando el rumbo con la punta del mentón, porque las manos se prolongan en el cuerpo de un fusil que mantiene con la trompetilla cerca de la tierra mojada. 

¿Cuánto hace que los avistaron?, pregunta el recién llegado. Ayer, le responde, pero con esta lluvia pueden tardar. El que acaba de llegar estudia el horizonte selvático bajo, cortado por las brumas tempranas entre dos accidentes montañosos, en el que destaca una línea caprichosa de agua que desaparece en un recodo oscuro.

Deben ser los mismos que tropezamos la semana pasada, parece que anduvieran perdidos; comenta distendido el jefe. Igual habrá que esperar si asoman, porque con ellos nunca se sabe…a lo mejor han dado la vuelta y serán otros los que tengan que ocuparse de ellos. 

Entretanto, con las botas cerca de un torrente que baja dando saltos blanquísimos y el oído atento más allá del rumor del agua, un capitán que responde por treinta y seis hombres inmóviles bajo los plásticos camuflados, aguarda cierta señal por radio desde hace tres días. Tiene instrucciones de permanecer en ese paso hasta nueva orden, y así lo hace, obediente. Aunque sabe que luego le mandarán moverse a otra parte y de allí a otra, donde descubrirá que alguna vez ya estuvo, como le ha sucedido durante diez años en su trasiego detrás del rastro de un cambuche o de un fogón del enemigo; cuidándose de las celadas, o planeando una que puede llegar a quedarse preparada. Pero, por si acaso, sus sentidos permanecen en ascuas. Igual pueden echar para otro rumbo, piensa, y tendremos que marchar tras ellos sin avistarlos y confiar en que los tropecemos en otra parte. Ojalá lleguemos primero.    

Pero si esa forma de guerrear parece insensata, la idea que tienen sobre la victoria es del todo extraña, pues los años la convirtieron en una ilusión que desean sin codicia, como si hubiesen perdido el apetito por ella. Yendo a la refriega desde hace 45 años (los periodistas extranjeros reseñan más, pero la cifra oficial no cambia), los dos bandos se declararon la guerra sin cuartel, buscándose sin pausa, pero sin toparse para la batalla final. Aunque el gobierno prometió aniquilar a sus enemigos de la guerrilla en cuatro años, luego en tres, y con la misma confianza aseguró conseguirlo en dieciocho meses; ésta se niega a fijarse plazos para la victoria, como si desconfiara de ella.

Los estrategas militares en ambos lados parecen desconocer las prisas del calendario y las ansiedades que vive un combatiente, quien bien sabe que pesa menos el morral que el paso de los días y los años sin la esperanza de la victoria. 

Yo, declaró un soldado en un momento de distracción, quiero aprender sobre computadores. He oído que con ellos tendré trabajo asegurado por largo rato. 

Yo volveré a lo mío, dice su compañero, a reparar motores agrícolas. Es lo que aprendí y me gusta.  

Siempre me han gustado los relojes, me gustaría aprender relojería, le confidencia a su camarada un guerrillero, y éste le cuenta su deseo: Yo prefiero la tierra, es lo que conozco desde niño, aunque nunca la tuvimos propia. 

Ya la tendrá, lo tranquiliza el otro, y se silencian.    

Pero no lo hacen por cautela, sino para volver a pensar cuanto quieran, sabedores de que sus pensamientos les resultan más felices que sus días. Por eso siguen imaginando lo que harán el día después, cuando nadie pueda constreñirlos a caminar con el arma por delante y logren dejar atrás sus sacrificios. 

Y aunque parecen extenuados por ese batallar sin promisión, los aguibotas no son escasos de imaginación a la hora de encontrar maneras de liquidar la lucha. “La guerra ha terminado, ya no existe un conflicto armado interno, sólo resta someter un puñado de facinerosos”, declaró no hace mucho el gobierno con solemnidad, ante los ojos asombrados del mundo que observa el conflicto con inquietud.

Entonces, ¿a dónde marchan esas tropas?, preguntan incrédulos los corresponsales de guerra a punto de ser devueltos a las sedes de sus diarios en el extranjero, enviando deprisa fotografías de los convoyes que se despachan a combatir contra los mismos enemigos, o las que registran las bajas de los encuentros recientes. Y escriben con urgencia: Es cuestión de esperar un poco (explicando a sus oficinas centrales), pues ya se verá pronto cómo tornan a convocar a los mismos enemigos inexistentes a dialogar de nuevo sobre la paz. Entonces se acallarán las armas en la tregua y luego regresará cada cual a lo suyo, porque nadie puede asegurar que cumplen su deber con desidia.

Precisamente, un reportero de la DPA hizo la anotación más lúcida que se conoce sobre el aporte de esa guerra a la historia militar. Los aguibotas han hecho, sin saberlo –escribió– una contribución inestimable al inventario de las utopías que han imaginado filósofos, políticos y escritores: la utopía de la victoria. Pues no hacen la guerra economizando medios para ponerle fin, sino empleando todos los recursos para hacer imposible la victoria. Y el periodista, fogueado en el conflicto camboyano y en las guerras étnicas de los Balcanes, arriesgó que la realidad militar que describía, significaba una genial revocatoria de las leyes de la guerra redactadas por Clausewitz. Desde ahora, anunció sin dudar, quedaron en entredicho las enseñanzas legadas por Leónidas, Alejandro, Napoleón, Nelson y muchos otros guerreros inolvidables. 

Pero no es el único extranjero o académico atraído por la peculiaridad del conflicto. Los semiólogos explican el fenómeno como una variación del martirio de Tántalo. Los enemigos se han atado a la misma rueda –dicen– y toman aliento al salir al aire en cada giro, para perderlo en el siguiente cuando regresan de cabeza al agua. De allí deducen que la falta de codicia por la victoria militar, es una extensión tácita del desencanto personal y colectivo por el futuro. Los sociólogos creen ver en “su pereza” por la victoria, la más clara demostración de la ausencia de rigor y convencimiento en todo lo que intentan. Lo mismo que en lo militar –afirman– en la ciencia, como en el arte, los agibotas sólo se consideran responsables de intentar el resultado, no de alcanzarlo. Y los psicoanalistas interpretan el desaliento por conseguir la derrota final del enemigo, como el síntoma de la renuncia total del deseo, como una castración de las convicciones que minó el poder mental que se requiere para alcanzar la victoria en la guerra. 

La Misión Accidental Sobre el Conflicto creada por la OEA para estudiar el fenómeno, sostuvo que se trata de graves problemas de moral y de injustificadas fallas de planeación estratégica. Pero debo decir, que esas interpretaciones sobre estrategia militar que he recogido, pasan por alto un rasgo esencial de los aguibotas: la comprensión de su carácter. Porque si en ellos, la victoria sobre el enemigo se tornó una utopía que ocultan tras sus esporádicas invitaciones a dialogar para conseguir la paz, tal vez la explicación completa sobre la prolongación indefinida del conflicto armado interno que padecen, se encuentre en la divisa que sus atletas aplican con rigor en toda justa deportiva: Lo importante no es ganar sino competir. El propósito es desconcertante, claro está, pero el lector puede entender su lógica, si me permite agregar un dato más: en lo más recóndito de su pensamiento gobierna un principio, según el cual, perder es ganar un poco.

El lema y el principio son absurdos, desde luego, pero a estas alturas el lector no debe extrañarse, porque un absurdo total parece ser el mundo de los aguibotas.  

En: https://books.google.com/books/about/Pa%C3%ADs_de_Locos.html?hl=es&id=c0Y7zgEACAAJ


Comentario ChatGpt: 

**Resumen**

<<El texto explora la futilidad de un conflicto interminable en Colombia, representado por el anagrama "aguibotas". A través de las perspectivas de soldados de ambos bandos, se revela la rutina sin sentido de la guerra y la pérdida de propósito. A pesar de ser enemigos, comparten las mismas dudas y esperanzas sobre el fin del conflicto. La historia critica cómo las causas de la guerra se han olvidado y cómo la sociedad ha optado por no conmemorar los sacrificios del pasado. Los deseos personales de los individuos por una vida pacífica contrastan con la realidad del conflicto. La narrativa también critica a los líderes por su enfoque en aspectos superficiales en lugar de abordar los problemas subyacentes.

**Análisis:**

1. **Futilidad del conflicto:**
   - Refleja la interminable lucha interna en Colombia, donde ambos bandos comparten incertidumbre y deseo de paz.

2. **Similitudes entre enemigos:**
   - Destaca la humanidad compartida entre los combatientes, a pesar de ser adversarios.

3. **Olvido histórico:**
   - Critica el esfuerzo por olvidar las guerras internas y no conmemorar los sacrificios.

4. **Deseos personales:**
   - Muestra la desconexión entre las realidades actuales de los soldados y sus aspiraciones.

5. **Crítica a la lideranza:**
   - Sugiere una crítica hacia los líderes por su enfoque en lo superficial en lugar de problemas profundos.

En conjunto, el texto es una reflexión sobre la identidad colombiana y la necesidad de recordar y aprender del pasado para lograr una paz duradera.>> ChatGpt edit









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