"Las nuevas caras de la derecha". Enzo Traverso*—Extractos

"Las nuevas caras de la derecha". Enzo Traverso. 

Prólogo 
1. ¿Del fascismo al posfascismo?
 En sus nuevas expresiones, las extremas derechas se han emancipado de la matriz histórica que las vio nacer: la de los fascismos del siglo XX. Impregnados de un contenido ideológico fluctuante, los partidos que Traverso califica de “posfascistas” ya no se presentan como subversivos: juegan la carta de la normalidad para intentar transformar el sistema desde dentro. La Europa ultraliberal alimenta el crecimiento de los nacionalismos y los populismos. En Francia, los gobiernos todavía van a la zaga del Frente Nacional (FN), con políticas autoritarias y xenófobas que proponen el proteccionismo y la defensa de las identidades nacionales. Pero, sobre todo, esta evolución es concomitante con la crisis de los partidos políticos tradicionales. El posfascismo es el síntoma de un sistema político tambaleante, en el cual, carentes ya de base social, los partidos, desde los de la derecha hasta los de la extrema izquierda, se entregan a nuevas formas de comunicación que los hacen abandonar su línea tradicional. 
"—Entonces estas nuevas derechas extremas no pueden considerarse como nuevos fascismos. ¿Por qué? —He sugerido la noción de posfascismo precisamente para diferenciarlas del neofascismo. En algunos países este es un vestigio, un fenómeno residual, y en otros, un intento por prolongar y generar una vez más el viejo fascismo. Así sucede sobre todo con muchos partidos y movimientos aparecidos en Europa Central durante los últimos veinte años (un buen ejemplo es el Movimiento por una Hungría Mejor [Jobbik]), que reivindican abiertamente una continuidad ideológica con el fascismo histórico. El posfascismo es diferente: se ha emancipado del fascismo clásico, aunque en la mayoría de los casos lo conserva como matriz. Ahora bien, la mayor parte de esos movimientos ya no reivindica esa filiación y, así, se diferencia claramente de los neofascismos. Por lo demás, en el plano ideológico ya no hay una continuidad visible suya con el fascismo clásico. Si intentamos definirlos, no podemos pasar por alto esta matriz fascista, sin la cual no existirían, pero también debemos tener en cuenta su evolución, porque se han transformado, y hoy en día se desplazan en una dirección cuyo destino final no conocemos. Cuando se hayan estabilizado en algo nuevo, con características políticas e ideológicas precisas, quizás habrá que acuñar una nueva definición. Lo que caracteriza al posfascismo es un régimen de historicidad específico —el comienzo del siglo XXI— que explica su contenido ideológico fluctuante, inestable, a menudo contradictorio, en el cual se mezclan filosofías políticas antinómicas.
 —¿Qué le permite afirmar que las nuevas derechas radicales son un fenómeno transitorio? ¿Tal vez eso se deba a que todavía no cristalizaron, con una nueva matriz ideológica, desde luego con inflexiones algo diferentes según los países?
—Tomemos el caso del Frente Nacional (FN) de Francia —emblemático en muchos factores, según lo demuestran sus éxitos recientes—, que Europa puso en el candelero. En su caso estamos ante un movimiento que tiene una historia bien conocida. Su matriz, bastante evidente cuando se creó en 1971, es la del fascismo francés. Más adelante, durante la década posterior, este partido fue capaz de congregar diferentes corrientes de la extrema derecha francesa: la nacionalista, la católica integrista, la poujadista, la colonialista (especialmente, con los nostálgicos de la Argelia francesa). Esta operación fue posible porque la distancia histórica que lo separaba del régimen de Vichy y de las guerras coloniales era relativamente limitada. El componente fascista era el elemento unificador y el motor de ese partido en el momento de su fundación. Su evolución comienza en la década de 1990; pero desde que en 2011 Marine Le Pen llega a su dirección, el FN intenta un cambio de piel: el discurso se transforma, las referencias ideológicas y políticas ya no son las mismas y el posicionamiento de la agrupación en el escenario político también sufre una notoria modificación. Ahora se preocupa por su respetabilidad, procura integrarse al sistema de la Quinta República mediante la propuesta de protagonizar una alternancia política “normal”, indolora. Si bien se exhibe como una alternativa, al sistema de la Unión Europea y a los partidos tradicionales, ya no desea aparecer como una fuerza subversiva. Quiere transformar el sistema desde dentro, cuando el fascismo clásico quería cambiar todo. En efecto, podrá objetarse que Mussolini y Hitler llegaron al poder por vías legales, pero su voluntad de derribar el estado de derecho y borrar la democracia estaba fuera de discusión. El discurso político del FN es muy diferente, como lo son los contextos históricos que separan la Francia de nuestros días de la Europa de los años treinta. Ese es un cambio importante. Desde luego, es constatable una filiación con respecto al primer FN, en el sentido literal del término, ya que el padre cedió el poder a su hija, lo que da claros rasgos dinásticos a ese movimiento. Con todo, este movimiento nacionalista es dirigido ahora por una mujer, característica que, a decir verdad, es completamente insólita para un movimiento fascista. Por añadidura, está surcado por tensiones, como es fácil percibir en el conflicto ideológico entre el padre y la hija, o también entre las corrientes vinculadasal FN de los orígenes y otras que querrían transformarlo en algo distinto. Por lo tanto, la transformación sigue en pleno avance. Ha comenzado una metamorfosis, un cambio de línea que aún no ha cristalizado."

2. Políticas identitarias 
El discurso “republicano” que los partidos tradicionales oponen a los partidos posfascistas es ineficaz, porque todos ellos comparten una misma visión: nimban a la República con un halo místico y simultáneamente se niegan a reconocer los crímenes coloniales cometidos por Francia, sin admitir que el país ha excluido y encerrado en guetos a los inmigrantes, tanto social como étnicamente. Esta política identitaria reaparece en la visión problemática del laicismo, que excluye a los musulmanes de la comunidad nacional. En términos más generales, la islamofobia nunca es otra cosa que la manifestación actual de la coexistencia histórica de la República y el colonialismo. Todos estos elementos explican el fracaso alcual están condenados los intentos de cerrar el paso al FN, porque se valen de la misma retórica de este.
 3. Antisemitismo e islamofobia 
En nuestros días, tal como hacía el antisemitismo en la primera mitad del siglo XX, la islamofobia estructura los nacionalismos europeos. Así como en la Alemania de fines del siglo XIX se percibía a los judíos como un elemento impuro de la nación, actualmente se describe a los musulmanes como invasores que amenazan la identidad francesa. El antisemitismo tiende a desaparecer. La nueva judeofobia y las expresiones de violencias que la acompañan no están relacionadas con la tradición nacionalista, sino con el conflicto entre israelíes y palestinos. Nacida en la matriz colonial, la islamofobia aspira a rechazar a las poblaciones provenientes de la inmigración árabe y africana. Presente desde el siglo XX, hoy en día vivencia una expansión sin precedentes desde la década de 1980. En vez de asistir a una convergencia de las luchas entre minorías discriminadas, en Francia presenciamos una regresión, dado que intelectuales judíos se proclaman islamófobos, y negros o árabes se muestran como judeófobos. 
4. ¿Islamismo radical o “islamofascismo”?
 El Estado Islámico a la luz de la historia del fascismo Por su nacionalismo radical, su violencia extrema y su hostilidad a la democracia, más el hecho de haber surgido en un país devastado por la guerra, el Estado Islámico (EI) tiene puntos en común con los fascismos. Pero se distingue por completo de ellos en cuanto a su interpretación de una religión tradicional en forma integrista. Por otra parte, nacido en países que jamás conocieron la democracia, capta a jóvenes del mundo entero por la ausencia de un polo radical de atracción en la izquierda. En Francia, sólo el despertar de una izquierda anticolonial podría detener las conversiones al yihadismo. Como forma muy peculiar de “destrucción de lo político”, el EI es una respuesta agresiva frente a un mundo neoliberal extremadamente violento, donde la lógica del mercado impone el individualismo y la competencia en todos los planos de nuestra existencia.
 Conclusión. Imaginario político y surgimiento del posfascismo 
Tanto los posfascismos como el EI surgieron en un contexto global caracterizado por la desaparición de un horizonte de expectativas, el ocasode las utopías y su pérdida de credibilidad, como si condujeran sistemáticamente al totalitarismo, y con la ideología del mercado como única fuente posible de libertad. Por ende, las derechas radicales y el islamismo constituyen sucedáneos de las utopías desaparecidas.

Extractos de la Conclusión:

—¿No hay en este caso una diferencia con el aspecto de “religión política” que existía en los fascismos? Pienso en los grandes rituales puestos en escena por el régimen nazi, con un maestro de ceremonias que enardecía a las multitudes e imponía un dogma. Hoy no hay equivalentes de eso. 
—En mi opinión, eso se debe al modelo antropológico del neoliberalismo, que determina nuestros modos de pensamiento y nuestros comportamientos y no es impuesto de manera autoritaria por un régimen político coercitivo ni identificado con ningún líder carismático. Esta nueva religión política no funciona como los totalitarismos del siglo XX; pone al individuo en el centro de todo y le impone organizar su vida como una actividad empresarial, al hacerlo competir con los otros. Esta religión política postula una libertad absoluta del individuo, lo cual es en realidad una forma de sometimiento y alienación. Lo hemos visto durante el acontecimiento simbólico que marcó el fin del siglo XX: los alemanes del Este, tras derribar el Muro y deshacerse de los fetiches de la religión política comunista —destruían con mucha energía los emblemas del totalitarismo soviético—, se abalanzaban sobre los símbolos de la sociedad de consumo occidental, como los equipos de alta fidelidad, los autos llamativos de Occidente, la ropa de moda y los sex shops. 
Hoy el posfascismo de las nuevas derechas ya no desfila en uniforme como los fascistas del siglo XX, y el carisma de Marine Le Pen no tiene mucho que ver con el de Mussolini o Hitler. El FN ya no necesita incondicionales, un líder divinizado o una religión política. Su carisma se expresa más bien a través de su imagen televisiva, códigos de comunicación muy controlados que son los de la política contemporánea. Esa es una ruptura muy clara en lo referido al estilo político. Pag.109

—Los fascismos movilizaban toda una serie de símbolos esotéricos y una mística de la tierra, la raza, la sangre, la pureza, y por otra parte, sus adeptos tenían fascinación por las tradiciones folclóricas, como los antiguos germanos en el caso de los nazis. Eso ya no se encuentra en los elementos ideológicos de las nuevas derechas, o sólo aparece de manera periférica, ¿no le parece? 

—La teoría política tiende a distinguir entre las religiones políticas y las religiones civiles. Las religiones políticas son los fascismos (o el comunismo transformado en sistema de poder): las ideologías seculares reemplazan a las religiones y apuntan a la instauración de un régimen totalitario, antidemocrático, enemigo de las libertades. Pero, junto a las religiones políticas que conocieron su esplendor durante la primera mitad del siglo XX, encontramos las religiones cívicas, respetuosas de la democracia: sus casos emblemáticos son los Estados Unidos y Francia, que proponen el culto republicano. En esos países los valores constitutivos de la República se sacralizan y se pide al ciudadano la adhesión a ellos por medio de una especie de acto de fe. La República se percibe como sagrada: sin duda es eso lo que nos dice Manuel Valls desde los atentados contra Charlie Hebdo y el Hyper Cacher, y es lo que también nos dice François Hollande al día siguiente de los atentados de París en noviembre de 2015. Ahora bien, la diferencia entre religión política y religión cívica es que esta última es compatible con la democracia, a la que aspira a defender por medio de una serie de rituales y símbolos." Ibídem 
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