Súplica futbolística de Galeano

EL FÚTBOL según Eduardo Galeano. 

El mejor jugador maravilla de los sueños, la audacia, la belleza y de su fantasía.  Era un mendigo del buen fútbol, que suplicando una linda y maravillosa jugada, agradece con intensa alegría ese milagro de la patada y el cabezazo a la pelota en voladora, surcando veloz en el aire de la cancha, rodando entre piernas por el campo hasta el arco de los goles, ansiados con toda el alma, para llenárlos de letras y de ensueño apasionado. 
   <<En la belleza que yace de la alegría de jugar y por jugar al futbol>>, suplicando a sol unas cuantas lindas y sensacionales jugadas, del "bailarín que danza con una pelota leve como el globo, que se va al aire y el ovillo que rueda jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez." 

"La cancha constituye un espacio de expresión de destreza, y en ocasiones de belleza, un centro de encuentro y comunicación y uno de los pocos lugares donde los invisibles pueden todavía hacerse visibles, aunque sea por un rato, en tiempos donde esa hazaña resulta cada vez menos probable para los hombres pobres y los países débiles."*
"La tecnocracia del deporte (y del mercado) profesional, ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía.":

1.
<<La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte 
se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
   En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando cómo juega el niño con el globo y cómo juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
    El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar, sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional, ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía.
    Por suerte, todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando algún descarado, carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival y al juez, 
y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que lanza a la prohibida aventura de la libertad.>>. En: El fútbol y sus sombras. 15, p2. 
                            ~~~
2. Discurso de Eduardo Galeano. Apertura. Congreso de Deportes Play de Game en Copenhague, Dinamarca, 1997. 
   "En abril de 1997, cayeron acribillados los guerrilleros que ocupaban la embajada de Japón en la ciudad de Lima. Cuando los comandos irrumpieron, y en un relámpago ejecutaron su espectacular carnicería, los guerrilleros estaban jugando al fútbol. El jefe, Néstor Cerpa Cartolini, murió vistiendo los colores del Alianza, el club de sus amores.
(...) Pocas cosas ocurren, en América Latina, que no tengan alguna relación, directa o indirecta, con el fútbol. El fútbol ocupa un lugar importante en la realidad, a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad pero desprecian a la gente. 
   Para los intelectuales de derecha, el fútbol suele no ser más que la prueba de que el pueblo piensa con los pies; y para los intelectuales de izquierda, el fútbol suele no ser más que el culpable de que el pueblo no piense.
    Pero a la realidad de carne y hueso, este desprecio ni le va ni le viene. Cuando arraigan en la gente y encarnan en la gente, las emociones colectivas se hacen fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas. Nos guste o no nos guste, para bien o para mal, en estos tiempos de tanta duda y desesperanza, los colores del club son, hoy por hoy, para muchos latinoamericanos, la única certeza digna de fe absoluta y la fuente del más alto júbilo o la tristeza más honda. “Racing, una pasión inexplicable”, leí en un muro de Buenos Aires. Y en un muro de Río de Janeiro, un hincha del Fluminense garabateó: “Mi querido veneno”.
     Alguna mano anónima, en estado de paroxismo, dejó su testimonio en un muro de Montevideo: “Peñarol, sos como el sida. Te llevo en la sangre”. Lo leí, y me quedé dudando. El amor a la camiseta ¿es tan peligroso como el amor a una mujer? Los tangos no aclaran el punto. En todo caso, el pacto de amor del hincha parece ser más serio que cualquier contrato conyugal, porque la obligación de fidelidad no admite ni la sombra de la sospecha de la posibilidad de un desliz. Y no sólo en América Latina. 
    Un amigo, Ángel Vázquez de la Cruz, me escribe desde Galicia: “Yo había sido siempre del Celta de Vigo. Ahora me he pasado a su peor enemigo, el Deportivo de La Coruña. Es sabido que uno puede, y quizá debe, cambiar de ciudad, de mujer, de trabajo o de partido político… pero jamás, jamás, puede uno cambiar de equipo. Soy un traidor, lo sé. Te pido que lo creas: lo hice por mis hijos. Mis hijos me convencieron. Traidor, pero padre ejemplar”.

Para los fanáticos, que son los hinchas que viven siempre al borde de un ataque de nervios, el amor se realiza en el odio al adversario. Cuando el jugador argentino Ruggieri abandonó el equipo de Boca Juniors y se incorporó a las filas de su rival tradicional, el club River Plate, los fanáticos le quemaron la casa. Los padres, que estaban adentro, se salvaron por milagro. Recientemente, en marzo del 97, cuatrocientos fanáticos de los clubes holandeses Ajax y Feyenoord se dieron cita, por teléfono y por internet, para pelear en un descampado cerca de Ámsterdam. El sangriento ritual dejó un muerto y numerosos heridos.

La violencia ensucia el fútbol, como ensucia todo lo demás en este mundo de nuestro tiempo, donde, al decir del historiador Eric Hobsbawm: 
“La matanza, la tortura y el exilio masivo se han hecho experiencias cotidianas que ya no sorprenden a nadie”. Los medios de comunicación suelen irradiar voces de alarma contra los influjos maléficos del fútbol. ¿Se vuelve jauría sangrienta, por su causa, una población de mansas ovejas? A la vista está, para quien no se niegue a verlo: en los estadios estallan, a veces de mala manera, las tensiones acumuladas por la desesperanza y la soledad, que signan este fin de siglo al norte y al sur, al este y al oeste del mundo; y esas tensiones pueden estallar en los estadios, ni más ni menos que en cualquier otro espacio de la violenta vida de nuestros días.
   En Grecia, en tiempos de Pericles, había tres tribunales. Uno de ellos juzgaba las cosas: castigaba al cuchillo, pongamos por caso, que había sido instrumento de un crimen, y se dictaba sentencia rompiendo el cuchillo en pedazos o arrojándolo al fondo de las aguas. Hoy por hoy, ¿sería justo condenar a la pelota? ¿Tiene el fútbol la culpa de los crímenes que en su nombre se cometen?
    Quienes demonizan al fútbol, y lo confunden con el papá de Jack el Destripador, ejercen a veces un fanatismo tan irracional como el de los futboleros fanáticos. Y comparten el mismo equívoco de quienes creen que el fútbol no es más que un opio de los pueblos y un buen negocio de mercaderes y políticos: unos y otros hacen de cuenta que los estadios son islas, y no los reconocen como espejos del mundo al que pertenecen y expresan. ¿O podría alguien mencionar una sola pasión humana que no sea usada como instrumento de alienación y como objeto de manipulación por los poderes que en el mundo mandan?
     El respeto por la realidad obligaría a reconocer que, a pesar de todos los pesares, la cancha de fútbol es bastante más que un escenario de violencia y una fuente de dinero, prestigio político y Valium colectivo. La cancha constituye también un espacio de expresión de destreza, y en ocasiones de belleza, un centro de encuentro y comunicación y uno de los pocos lugares donde los invisibles pueden todavía hacerse visibles, aunque sea por un rato, en tiempos donde esa hazaña resulta cada vez menos probable para los hombres pobres y los países débiles."
El texto de esta entrada es un fragmento del libro “Cerrado por fútbol ” de Eduardo Galeano. Portada-cerrado-por-futbol:" Este libro reúne todos los textos que Galeano escribió sobre fútbol, la mayoría dispersos en su obra publicada, pero también varios inéditos y verdaderos hallazgos, como la crónica en la que, con sólo 23 años, llama «traidor» al Che Guevara en persona por haber adquirido en Cuba la pasión por el béisbol. 
Las páginas proponen un recorrido por la historia del fútbol, desde la época en que un jugador recibía una vaca por cada gol hasta el tiempo de los jugadores multimillonarios agobiados por el éxito, pasando por el relato de los diez futbolistas que se pintaron la cara de negro en solidaridad con su compañero discriminado por la hinchada; también hablan de Maradona, «el hombre que no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir», y de Zidane, que en su último partido embistió a un rival y se retiró expulsado de un mundial mediocre."

" Eduardo Galeano creía que el fútbol expresaba «emociones colectivas», esas que generan «fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas». De esas pasiones habla Cerrado por fútbol."
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