Escribiendo
1. Una metamorfosis insectívora y seudónima
Se asumió un seudónimo que corresponde a la abreviatura de los nombres y apellidos completos. Con un guiño expreso de admiración al renombrado escritor que le sorprendió en su juventud con el maravilloso relato. Que le demostró con creces, que uno puede despertarse convertido en un monstruoso insecto que lo horroriza así mismo y hasta a la bendita madre. Asunto por demás, que lo llevó preocupado a consultar qué le sucedería después con esa simbología insectívora, si estos terminaban exterminados, fumigados, aplastados a bastonazo y zapatazo, o muertos por rechazo o lo que fuera, sumidos en la desolación y la tristeza. Así llegó a saber también, que ellos en su mayoría tienen a su vez nuevas metamorfosis hasta alcanzar su fase adulta. Por ejemplo, que en mariposas multicolores se alborotan los sueños de madrugada y espantan las pesadillas de las noches de tiniebla, lo que es similar en algunos anfibios –como los sapos, peces y los tiburones vueltos persona(**), bagresitos y truchas, tan avispadas, y que había muchas personas convertidas sin poder salir de su condición de insecto muy dañino. Pues no.
No bastaba con evidenciar las múltiples metamorfosis en los insectos, plantas, peces, y animales. Había que cotejar la versión original con la transfigurada en seudónimo y evaluar su resultado, por odioso que fuera. No eran palabras artificiosas y vacías, pues se trataba de “uno mismo”, de <<una palabra (…) llenada totalmente de uno mismo>>. F. Kafka. Diarios,1910[1]. enfrentada a uno mismo. Así que, seguidas sus indigaciones con resultados parecidos, reconoció finalmente que no se podía convertir ni crear insectos, sobretodo, porque lo suyo, supuestamente, no era "falta de diálogo humano directo, unido a la monótona vida que había llevado (…) le había perturbado la razón (…)>>[2]
[1] La metamorfosis; La condena; En la colonia penitenciaria. Fran Kafka, Panamericana Editorial, 97. Estudio introductorio. José Martín Cristancho. p.10. Extracto de cita.
[2] Ibídem, p. 112.
2. Así empezó a convertirse, sin ningún cálculo de por medio, en caminante etéreo. Si bien le gustaba caminar y caminar y respirar en tierra, el sentirse en el aire levitando le encantaba. Así siguiera contaminado, perseveraba con esperanza científica y tecnológica, de que no seguiría la polución y se viviría con alguna tranquilidad, en un aire suficiente y sano. Además, tenía que salirse de un supuesto encierro atmosférico de letras y palabras. Avanzar, observar y sentir que la brisa le volvía a acariciar sensualmente su rostro. Como si lo estuviera besando el amor que a veces tuvo, y aprovechando ese sol esquivo de épocas sombrías, de temores propios e impropios, los de los tiempos difíciles y virulentos. Volvió a caminar por la calle y a media marcha, mientras los autos seguían echando humo, haciendo su parte. En el acelere de las ocupaciones y horarios apremiantes, al volante, empujando el acelerador y el freno con alternancia obsesiva. El rojo y el amarillo de los semáforos, vuelto verde a su paso. Las señales peatonales, los andenes y de ciclovía invadidas, y mientras tanto, desentendidos, volando y viviendo en donde mandamos con piedra las cosas en ese tipo de circunstancias, o quizá escribiendo otras miradas.
Observó que si salía en las horas tempraneras de la madrugada, cuando aún no estaba la adrenalina de alto cilindraje y octanaje, preferiblemente de avión si se pudiera, y todos los colores de ponían ecológicos, sin las metidas de patas a los huecos y alcantarillas. Eso sí, De malas, si cualquier fantasma invisible, se atraviesa raudo por la calle a un transeúnte de caminar pausado y desatento. No vaya y sea. “Al instante, al pasar por la calle, cuando cayó muerto de bruces por infarto: “entorpeciendo el tráfico”, según lo cantado en la Construcción de Chico Buarque. Le había revivido minutos antes. Fue su reporte escrito.
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